FEDERICO REYES HEROLES / REFORMA
Las productoras de alimentos tienen la enorme responsabilidad de no envenenar a la gente que acude a sus productos. Por ello dan seguimiento paso a paso a cada frasco o lata o empaque. Garantizar la calidad es desde hace por lo menos un par de siglos una constante. Pensemos en las casas de fabricación de relojes que datan de tiempo atrás y que ostentan con orgullo su marca, muchas veces de origen familiar. No se trata de un perfeccionismo inútil, sino de una actitud hacia el trabajo y la vida. Garantizar al consumidor o al paciente o al comprador la mejor calidad, la mejor tecnología, la mejor mano de obra es meta y orgullo. Pero esa obsesión no sólo da prestigio sino que además paga bien. Muchos consumidores están dispuestos a erogar un porcentaje superior para garantizarse calidad en lo que adquieren. Quizá lo más frecuente son los restaurantes a los cuales asiste una clientela regular en función del prestigio logrado a través de la calidad cotidiana. De hecho en el mundo de hoy todos somos evaluados y parte del orgullo de un profesionista o una compañía es el estar en vitrina frente a la opinión pública.
Pensemos por ejemplo en los sistemáticos exámenes a los que se
someten las tripulaciones de los aviones. Son encuentros muy estresantes
en que se les somete a tormentas perfectas: fallan las turbinas, la
visibilidad es cero, los vientos cruzados sacuden al aparato y todo
ocurre a la vez. El piloto debe estar preparado para sacar adelante la
situación y demostrarlo en público. Sólo así se le volverá a contratar.
Pero la evaluación no sólo se da en los productos comerciales o en
ciertas profesiones. Los servidores públicos también deben ser
evaluados. Cada empleado, cada oficina, cada dependencia, está expuesta
al escrutinio de los superiores y de los ciudadanos que acuden a recibir
los servicios o a efectuar los trámites correspondientes. Los buzones
de queja y otras formas para canalizar las dudas o reclamos ciudadanos
son expresión de esa actitud. La evaluación es una cultura.
Las encuestas que evalúan a los presidentes son una forma de
confrontar los resultados de una gestión. El debate que vimos hace unas
horas abre esa evaluación a decenas de millones de ciudadanos. Nadie se
libra de la evaluación. La Reina de Inglaterra tuvo que corregir su
reacción después de la muerte de Lady Di aceptando, implícitamente, su
error. Recientemente el Rey de España, sorprendido por un accidente en
una aventura de cacería, tuvo que disculparse públicamente por la
condena que desató su frívolo escape en plena crisis. Qué decir de Bill
Clinton con sus correrías en los pasillos de la Casa Blanca que por poco
le cuestan la presidencia. De nuevo, nadie se salva de la evaluación,
ni en el mundo privado ni en el público donde, además, los dineros son
de los causantes.
Actores, comentaristas políticos en radio y televisión o en los
periódicos, conferencistas, todos estamos sujetos a una evaluación.
Parte del proceso civilizatorio se sustenta en la evaluación. Si quieres
mejorarlo tienes que medirlo, dice la conseja popular. Por todo eso
resulta no sólo incomprensible sino vergonzosa la actitud de la
dirigencia magisterial con relación a la evaluación de los maestros
mexicanos. Ahora resulta que quieren posponerla, que exigen que el
órgano de evaluación sea otro, que las formas de medición sean mexican
style o sea al estilo mexicano. Como si los conocimientos de matemáticas
o la química oscilaran en el globo a partir de la localización
geográfica de un país o de cultura. La cultura como expediente para
relativizar todo. ¿Dónde queda el derecho de los educandos?
Lo asombroso es el desfase con la dinámica de nuestro país y con el
mundo. Qué argumentos podrían esgrimir en un congreso internacional
sobre calidad educativa. Acaso que los maestros mexicanos son tan
diferentes que no pueden tolerar los reactivos internacionales. Que la
genética del mexicano no está hecha para soportar la exigencia de una
evaluación. O quizá que los conocimientos válidos en el resto del mundo
no lo son aquí. El caso es patético, de pena ajena. El cinismo los ha
devorado, ni siquiera el descrédito los mueve. Son víctimas de su
prepotencia. Navegan contra la historia. La evaluación se impondrá y los
opositores regresarán a sus hogares -donde habrá evaluados- a tragarse
la vergüenza de haber sido embajadores de oscurantismo.
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