Guillermo Knochenhaurr / El
Financiero
Crear empleo
es el más difícil de los compromisos que han asumido los aspirantes a la
Presidencia de la República. Ningún gobierno en el mundo ha podido contra el desempleo.
Unos atribuyen el fenómeno a los elevados costos de la seguridad social y de
los despidos, y otros al bajo crecimiento económico. La derecha prefiere el
primer diagnóstico y la izquierda el segundo.
Hay un
tercer diagnóstico del problema, y es que desde hace cuatro décadas los
desarrollos tecnológicos han aumentado tanto la productividad laboral que la
producción de riqueza viene creciendo con menos gente empleada. Ninguno de los
candidatos sigue esta perspectiva.
La candidata
del PAN, Josefina Vázquez Mota, propone hacer lo que han hecho los gobiernos de
derecha en otras partes, que es flexibilizar la ley laboral para abaratar las
contrataciones y despidos. Dice que insistirá en la reforma laboral que, según
acusa, su adversario del PRI, Enrique Peña Nieto, frenó en la Cámara de
Diputados.
En Europa se
abarató la creación de plazas de trabajo y se crearon esquemas de empleo
temporal y contratos revocables para disminuir costos laborales a los
empleadores, tal como lo propone Vázquez Mota. El resultado fue la disminución
de los salarios, la mayor precariedad del empleo y la desocupación en aumento.
En la Unión
Europea había 20 millones de personas desocupadas en 1996 y hoy se calcula que
son 80 millones. El desempleo oficial en Estados Unidos era de casi 10 por
ciento de la Población Económicamente Activa en 2011, y de 17 por ciento
considerando a las personas que abandonaron toda esperanza de encontrar
trabajo. La fórmula no ha creado empleos, pero sí gran temor de los
trabajadores en todo el mundo, de perder su trabajo.
Andrés
Manuel López Obrador presentó el martes su propuesta laboral con el compromiso
"de crear cada año un millón 200 mil nuevos empleos, un total de siete
millones durante el sexenio. Esto lo vamos a lograr porque se va a reactivar la
economía, vamos a tener tasas de crecimiento de 6 por ciento anual, ése es el
objetivo, porque va a cambiar la política económica. Ahora el objetivo va a ser
impulsar actividades productivas y crear empleos".
Reactivar la
economía y cambiar sus objetivos para crear empleos es mucho más de lo que se
puede lograr siendo parte de la economía globalizada, como lo es México, y peor
careciendo de un proyecto nacional propio.
El objetivo
de la economía global no es crear empleos. Su finalidad es reunir y hacer
funcionar, eficientemente, los factores de la producción; el nombre del juego
es crear el máximo de riqueza con el mínimo de recursos naturales, capital y
trabajo. Para ello se vale de la informática, de las telecomunicaciones y de
otros prodigiosos adelantos tecnológicos que vinieron a elevar grandemente la
productividad laboral.
En otras
palabras, se crean los empleos que requiera la competitividad de las empresas,
no los que reclama el crecimiento demográfico de la sociedad. La idea de que el
crecimiento de la producción aumenta la oferta de empleos, válida durante
décadas, ha quedado invalidada. La economía francesa, por ejemplo, creció 30
por ciento durante la década de 1980, al mismo tiempo que disminuyó 12 por
ciento la fuerza laboral empleada.
Jeremy
Rifkin, autor de varios libros sobre la transformación del empleo, sostiene que
entre 1995 y 2002 la producción industrial global se elevó más del 30 por
ciento, y los empleos de fábricas en todo el mundo cayeron más del 11 por
ciento promedio.
Hace 40
años, cuando se hizo evidente el cambio tecnológico, se supuso que los puestos
de trabajo que se perdieran en la industria y en la producción agropecuaria se
recuperarían en el sector servicios. Hoy, sin embargo, puede verse en cualquier
rama de ese sector -bancos, transportes, comercio, etcétera- que ahí también
avanza la automatización que sustituye puestos de trabajo.
Sin duda se
necesita crecer para crear condiciones sociales que permitan hablar de
desarrollo capitalista. El problema es que los avances tecnológicos permiten
crecer, pero a costa de cancelar empleos que necesita la sociedad.
André Gorz,
autor del libro Metamorfosis del trabajo, apunta a una tercera vía para
enfrentar el desempleo, consistente en un profundo cambio cultural con relación
al trabajo. Propone concebir la mayor productividad como "trabajo
economizado".
La idea
podría dar lugar a reducir las jornadas laborales, como ya lo hizo el
capitalismo entre los siglos XIX y XX, y como lo ensayó Francia, sin éxito,
hace algunos años.
La meta está
lejana y es imposible, para cualquier economía, sin la concertación global.
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