Antonio
Papell / elEconomista.es
Fue
elocuente e iluminador el hecho de que este domingo, día en que François
Hollande ganó la segunda vuelta de las elecciones que lo convierten en
presidente de Francia, la prensa europea se hizo eco de unos sucesos políticos
insólitos. De un lado, los medios informaban de que el comisario europeo de
Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn, había pronunciado una conferencia
en la Universidad Libre de Berlín en la que sugirió que el Pacto de Estabilidad
y Crecimiento, esgrimido por Alemania para imponer rígida disciplina fiscal a
los miembros del Eurogrupo, tiene unos márgenes de flexibilidad que permiten
relajar la presión a los países que estén efectuando un esfuerzo de
consolidación fiscal y llevando a cabo potentes reformas estructurales.
De otro
lado, se informaba también de que un grupo de expertos reunido en Roma, en el
que participaron el primer ministro Mario Monti y el premio Nobel de Economía
Joseph Stiglitz, entre otros, llegaba a la conclusión de que si François
Hollande no consigue crear una opción de avance alternativa a la de la pura
austeridad en Europa, lo harán los mercados. En realidad, en las dos
últimas semanas, el programa del candidato socialista francés había ido ganando
tanto ascendiente en toda Europa que la propia Merkel reconoció la necesidad de
empezar a hablar de crecimiento: en varias entrevistas apostó por ello,
haciendo sin embargo hincapié en que las medidas que se adoptaran "no
deben costar dinero" sino ser la consecuencia de incrementos de
productividad. Bruselas se subió asimismo al carro del crecimiento y el
presidente del Consejo, van Rompuy, lanzó la idea de un Plan Marshall para
Europa que deberá ser debatido en el consejo europeo ordinario del mes de
junio.
En otras
palabras, la simple premonición de que la socialdemocracia, extinguida
prácticamente de Europa -sólo quedaban cinco países con gobiernos de
centro-izquierda: Dinamarca, Austria, Bélgica, Eslovenia y Chipre-, iba a
resucitar en la segunda potencia de la Unión Europea ha servido para impulsar
soluciones complejas que mitiguen la ortodoxia fundamentalista que ha impuesto
hasta ahora, con el beneplácito de Sarkozy, la canciller alemana.
Hollande no
es evidentemente un radical, y aunque anunció que no ratificaría el tratado de
Estabilidad, Coordinación y Gobernanza firmado el pasado 2 de marzo por 25
países de la UE -quedan fuera el Reino Unido y la República Checa- si no se
añade una adenda sobre el crecimiento, es fácil imaginar que será fácil
conseguir un consenso que combine estabilidad -medidas de consolidación fiscal-
con decisiones expansivas contracíclicas que saquen de la recesión a quienes ya
han recaído en ella -como España- y saquen del estancamiento a toda Europa
-incluidas Alemania y Francia-.
A fin de
cuentas, Alemania ya tiene lo que, con razón, exigía: el referido tratado
intergubernamental crea la gobernanza europea que implementará una política
económica común. Y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que nadie ha cumplido
con rigor -Alemania y Francia han sido sus principales transgresores- será
ahora de obligado cumplimiento. Esta rígida disciplina facilita la
mutualización de la deuda pública en el seno del Eurogrupo -los eurobonos- una
vez que se tomen las decisiones pertinentes sobre Grecia (salida del euro o
protectorado de facto).
Junto a los
eurobonos, las restantes medidas enunciadas por Hollande encontrarán camino
expedito mediante la negociación: reforma del BCE, emisión de bonos europeos
para financiar infraestructuras a través del Banco Europeo de Inversiones,
utilización del presupuesto comunitario para ayudar a las PYMES, ampliación de
plazos para alcanzar el equilibrio presupuestario...
Resumidamente,
el deshumanizado designio de considerar la estabilidad presupuestaria el único
objetivo de nuestras democracias durante un dilatado período de tiempo, sin
tener en cuenta ni las tasas insoportables de desempleo ni las mutilaciones del
estado de bienestar y de los derechos sociales, se modulará a partir de ahora
con otros objetivos que suavizarán el esfuerzo y, sobre todo, abrirán un
horizonte conceptual y temporal a los ciudadanos, a los que hasta ahora se les
ha negado toda expectativa.
Europa, en
fin, volverá a andar sobre las dos patas ideológicas de siempre, la liberal y
la socialdemócrata, en vez de
deslizarse peligrosamente por la linde de una sola de ellas, al borde.
Antonio
Papell, periodista.
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