lunes, 27 de septiembre de 2010

ESCRIBIR PARA MORIR

Antonio Navalón / El Universal
Fouché, sin ir a Harvard como nuestro doctor Poiré, a la sazón secretario técnico del Consejo y del Gabinete de Seguridad, fue el político que inventó el ministerio de policía e ideó para uno de sus jefes en turno, Napoleón Bonaparte, el buró de la Propaganda.
Fouché creó una policía que sí llegaba a tiempo, que sí reforzó al Estado y sí administró la seguridad del imperio napoleónico. Sabía que 50% de la victoria de toda guerra es la percepción sobre ella. Las guerras se ganan o pierden según las sientan los pueblos.
Esta guerra es un fracaso. Ser periodista hoy en México es un peligro. Nadie se salva: da igual ser redactor de la más modesta pero digna publicación de un pueblo o anchor de las grandes cadenas. La situación es peligrosa porque este Estado no controla las secuelas de la guerra y porque los funcionarios abocados a explicarnos cómo va la guerra se formaron en Harvard. Políticos como Poiré demuestran gran insensibilidad hacia su pueblo; ni ellos saben, más allá de la grandilocuencia de sus llamados a la unidad del Estado, en qué consiste lo que afirman. Van a Harvard —que en sí no es malo—, pero no vienen a México.
En la guerra, las primeras víctimas son la verdad y la capacidad de razonar. Ser periodista en México es desafiar el mínimo respeto a la vida de una sociedad criminalizada por incompetencia del Estado.
Es injustificable que en esta cruzada por el bien nadie sepa dónde acaba el mal o qué significa el fin de la guerra. Matamos y morimos porque quien nos dirige parece no saber qué hacer. Esta guerra está hecha de personas: ni siquiera ser narcos les quita condición de humanos. El estremecedor artículo de Alejandro Páez, del miércoles, muestra cómo urge aceptar que la guerra fue un error y que además se ha contestado con tanques y metralla a lo que sólo eran fracasos sociales.
El gobierno no puede ser tan insensible ante la muerte y el dolor. Calderón necesita saber que su falsa guerra debería tener un beneficiario último: los mexicanos, que no da igual cómo perezcamos, y que ni para los miembros de cárteles es propio morir en ácido o descuartizados.
Calderón debe entender que mas allá de su lugar en la historia hoy administra un país colmado de sangre y lágrimas, donde la vida ha llegado a tener tan poco valor que me hace temblar.
Como periodista y mexicano, siento miedo, asco y terror. El Diario de Juárez nunca propuso pactar, sino recibir una instrucción clara frente al único poder verdadero. El problema no es que los periodistas le hayan preguntado a quienes los matan, sino que no había nadie más a quien preguntar. Es tal la debilidad del Estado que es incapaz de evitar que nos asesinen y de que en México se escriba para morir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario