Jesús Alberto
Cano Vélez (*)
Las recesiones como las que el mundo está
viviendo ahora tienden a descomponer las relaciones entre los países, por la
tentación de algunos gobiernos de imponer prácticas proteccionistas al comercio
internacional, y así proteger su empleo, a la vez de perjudicar a otros.
Lo hemos vivido en el pasado, como cuando
surgió el flagelo de la depresión económica mundial, en 1929; y en diversos
otros momentos de nuestra historia, especialmente cada vez que EE.UU., ha
querido proteger a alguno de sus sectores de producción, y cerrar su frontera a
nuestras exportaciones. ¿Quién no recuerda el bloqueo del camarón mexicano por
el “asesinato” de delfines?
Estamos viendo también esa amenaza, ahora
con nuestros TOMATES (jitomates, como algunos también les dicen). Resulta que
quieren endilgar a México “dumping” de tomates a los Estados Unidos, y con ese
argumento, cerrar su frontera a nuestras exportaciones.
El problema es que ellos mismos se la
buscaron, al cerrar la frontera a nuestros trabajadores migratorios porque “les
quitaban empleo a sus campesinos.” El problema es que no calibraron
bien las implicaciones. Esos migrantes también les resolvían la cosecha
de tomate; y ahora, ya no producen suficiente tomate. Tuvieron escasez de mano
de obra en sus campos agrícolas.
Y del otro lado de la balanza de
pagos ?nuestras importaciones-- también podemos apreciar el
GARRAFAL error de la política económica de los últimos tiempos, en que hemos
dejado en el olvido a nuestro sector agropecuario, importante productor de
alimentos, especialmente de maíz y trigo; y ahora lo tendremos que comprar todo
a los EE.UU. Acabamos de ordenar un volumen histórico de maíz en ese país
proteccionista.
Con las sequías recientes en el mundo, y
las políticas de ser país “pipiris nice” y casi no producir de esos granos
básicos para la dieta del mexicano, parece que nos tienen agarrados donde más
nos duele, porque:
Ya no tenemos las estructuras de apoyo al
campo que la Banca de Desarrollo proveía en México, como el Banco Nacional de
Crédito Rural y demás fideicomisos en apoyo al campo.
Además, estamos clavados en promover, sin
descansar, acuerdos de libre comercio con quien se deje, cuando el mundo va en
la dirección opuesta. Es tiempo de cambio ahí también.
Y en eso del proteccionismo, en nuestro Continente,
hace algunos meses, vimos cómo Brasil y Argentina violaron sus acuerdos con
México, al establecer cuotas unilaterales a nuestra exportación de vehículos.
Brasil fue más cuidadoso en eso, porque lo negoció; pero Argentina fue más
burda, muy al estilo norteamericano: simplemente informó que más allá de un
cierto número de unidades, no importarían más autos mexicanos.
Es tiempo de valorar lo que tenemos y lo
que hemos dejado de tener.
Nosotros también fuimos proteccionistas,
especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando se tomó la decisión
política de dejar de ser, exclusivamente, país de producción primaria
--agrícola, pesca, y minería-- y crear el sector industrial poderoso, que
tenemos hoy.
De manera que decidimos NO FORMAR PARTE
DEL Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio --GATT--
que estaba por crearse, porque iba prohibir el proteccionismo con “instrumentos
fuera de mercado”, como cuotas específicas en productos que querríamos producir
en México. El gobierno tomó esa decisión, no obstante las presiones
norteamericanas para que ingresáramos al GATT.
Finalmente, debemos volver a producir
mucho maíz, frijol y trigo. Será bueno para el hombre del campo que lo
producirá y para los mexicanos que los consumiremos.
Nos hizo mucha falta la planeación
económica y la intervención del Estado en la economía. Fue un error sacar al
gobierno de su labor de orientar a los productores y consumidores. No hay duda
que las consejas del mercado y el neoliberalismo no siempre son buenas y con
frecuencia pueden ser desastrosas.
(*) Presidente Nacional de El
Colegio Nacional de Economistas
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