lunes, 6 de agosto de 2012

¿CÓMO EMPEZAR?

 Ezra Shabot / El Universal
El debate sobre qué tipo de país queremos construir en los próximos años tiene que ver con la definición de prioridades. Crecer y redistribuir ingreso para reducir la pobreza y disminuir las enormes desigualdades existentes en una nación donde la concentración de la riqueza es no sólo grosera, sino que representa un obstáculo para el propio desarrollo integral del país, es el eje de la polémica que diferencia una posición política de otra. En el marco de economías globalizadas, en donde es imposible pensar en modelos fuertemente proteccionistas, las posibilidades se reducen en la medida en que la fuerza de los mercados supera por mucho la capacidad de los Estados de maniobrar para reducir los impactos procedentes del exterior.
Por supuesto que el principal obstáculo es el que reside en la necesidad de romper con los privilegios heredados del viejo modelo de crecimiento hacia adentro. Empresarios protegidos por exenciones fiscales o por la inexistencia de competidores capaces de obligarlos a mejorar calidad y precio se envuelven en la bandera nacional para evitar modificar la forma tradicional de hacer negocios. Están además los políticos que por convicción o interés insisten en mantener un sistema que les perpetúe una clientela electoral como garantía para permanecer en algún cargo.
Pero más allá de esta disputa, que se presenta incluso en el interior de los partidos políticos nacionales, está la discusión de por dónde empezar a cambiar las cosas. Hay quien plantea que el primer paso una vez garantizada la estabilidad macroeconómica es el de proporcionarle al Estado todos los recursos económicos necesarios para darle viabilidad a sus funciones de generador de infraestructura en todo sentido: seguridad, educación, transporte, vialidades, etcétera. Para ello es necesario un cambio tanto en la forma como en la cantidad de impuestos a recolectar. Cómo recaudar más y obtener más ingresos de los que más ganan, sin que esto termine por deprimir la inversión, es el dilema a resolver.
En este sentido es fundamental encontrar una fórmula que tape los hoyos por donde el Impuesto al Valor Agregado pierde capacidad de recolección, con un Impuesto Sobre la Renta relativamente bajo pero con el menor número de gastos deducibles posibles. El que más gasta más impuesto paga, y el que más gana también, sin que esto se convierta en un mecanismo inhibidor de la generación de riqueza. La eliminación de privilegios fiscales al mínimo y el retorno del IVA a los sectores más pobres de la sociedad a través de programas sociales eficientes son los elementos adicionales para una reforma fiscal integral.
Estos reacomodos políticos y fiscales forman parte de las decisiones a tomar por parte de la próxima administración encabezada por Peña Nieto y el PRI. Impulsar un pacto político con una parte de la oposición para darle la legitimidad necesaria a los cambios a realizar, u optar por avanzar con la mayoría mínima que le otorgan los aliados de los tricolores, es quizá la primera gran decisión del próximo gobierno. Si logra romper con la inercia paralizante de los últimos 12 años, Peña iniciará su sexenio en condiciones diferente a sus antecesores. El dilema sigue siendo el mismo: ¿cómo empezar?

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