martes, 22 de junio de 2010

¿EL FIN DEL TERCER MUNDO?

Economist Intelligence Unit
Para el Banco Mundial, la situación de los países pobres ha mejorado, por lo que insiste en que se debe dejar de llamarles “del tercer mundo”
Hace unos meses Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial (BM), declaró pomposamente que “en 2009 terminó lo que conocíamos como tercer mundo”, es decir, esa sección separada de la humanidad que era pobre, dependiente de la ayuda exterior y que no importaba mucho al mundo rico. ¿Tenía razón?
Mientras el mundo rico sale trabajosamente de la recesión, Asia, África y América Latina aceleran y contribuyen más que nunca a la producción mundial. Dos países de rápido crecimiento, Turquía y Brasil (potencias del futuro, las llamó el presidente de Irán), llegaron en mayo a un acuerdo destinado a romper el estancamiento del programa nuclear iraní. Y la Copa Mundial de futbol se desarrolla en Sudáfrica, la nación más pobre que haya albergado tal evento.
Sin embargo, el Banco Mundial sigue en plena actividad. La ayuda sigue fluyendo. El mes pasado los donadores occidentales debatían si un aumento de casi 14 mil mdd en ayuda para África sería suficiente. Llámese tercer mundo o países en desarrollo, la categoría tiene importancia para el comercio, las organizaciones no gubernamentales y Naciones Unidas.
Por ejemplo, los países pobres reciben un trato diferente en la convención marco de la ONU sobre cambio climático, con menos compromisos de reducir emisiones. La Unión Europea tiene un acuerdo especial de comercio y ayuda con 79 naciones pobres. El mundo aún está dividido entre los que tienen y los que no (aunque el grupo de los primeros haya aparentemente crecido de siete a 20). A muchas ONG les desagrada la afirmación de Zoellick porque temen que lleve a los occidentales a olvidar la pobreza que existe fuera de sus fronteras.
En cierto sentido, lo que Zoellick comenta ocurrió 20 años atrás. Antes se pensaba que el mundo pobre venía después del primero, el Occidente capitalista, y el segundo, el bloque comunista. Sin embargo, el término tercer mundo no tuvo origen en la geopolítica. El primero en usarlo en su sentido moderno fue Alfred Sauvy, demógrafo francés que trazó un paralelismo con el “tercer estado” (el pueblo) de la revolución francesa. En 1952 Sauvy escribió: “este tercer mundo despreciado, explotado y escarnecido, como el tercer estado, también quiere llegar a ser algo”. Parafraseaba una sentencia de Emmanuel-Joseph Sieyès, delegado a los estados generales franceses en 1789, quien dijo que el tercer estado era todo, no tenía nada pero quería ser algo. El rasgo saliente del tercer mundo era que deseaba tener relevancia económica y política.
Poco a poco obtiene ambas. La terminología de la guerra fría implicaba que los países del tercer mundo tenían poco espacio para maniobrar con independencia. Si no se alineaban con alguno de los dos lados, acababan aplastados entre ruedas de molino. Eso está cambiando: Walter Russell Mead, analista estadunidense, sostiene que Brasil y Turquía, alguna vez bajo la influencia de Washington, tienen nuevos líderes que han desafiado a las elites nacionales y tratan de sacudirse la dependencia de EU. Ambos tienen aspiraciones globales.
Los países en desarrollo se vuelven también otra cosa: motores de la economía mundial. De 2008 en adelante, según el BM, han aportado casi todo el desarrollo económico que se ha dado. En la década de 1980 representaban 33.7% del ingreso global, en paridades de poder de compra. Este año la proporción será 43.4%.
¿Quién depende de quién?
Estas tendencias llevan largo rato, pero el final de la gran recesión las ha acelerado en forma dramática. Los países más ricos no se han recobrado: su ingreso es todavía menor que antes de la crisis. Pero en los más pobres –sobre todo en Asia, Medio Oriente y África– el ingreso excede ahora por amplios márgenes los niveles anteriores a la caída financiera.
El término tercer mundo quería decir pobre y dependiente. Casi por definición, se veía a esos países como fracasos económicos (casos como el de los tigres asiáticos se consideraban excepciones).
Parte de ese cuadro se mantiene. El mundo sigue siendo binario. Más de mil millones de personas viven con 1.25 dólares o menos al día, más que cuando se acuñó el término. Muchos viven en países, como Brasil e India, que parecen haber escapado del tercer mundo. Y 60 países pobres o más siguen padeciendo dependencia, corrupción y violencia.
Alison Evans, directora del Instituto de Desarrollo Extranjero de GB, sostiene que tiene más sentido hablar de composición cambiante del tercer mundo que tratar de englobarlo como un todo.
Sin embargo, algunas generalizaciones se justifican. La mayoría de los países en desarrollo aplican medidas de astringencia fiscal. Ahora son los países ricos los que operan con amplios déficit presupuestales. El FMI ha dicho que tal vez los controles al capital y la política industrial funcionen, después de todo. La doctrina económica dominante ha cambiado y ya no es posible distinguir entre el tercer y el primer mundos con base en la política económica.
Los mercados emergentes ya no dependen tanto de la ayuda occidental. China acordó en fecha reciente financiar refinerías de petróleo en Nigeria por más de 23 mil mdd, casi el doble del incremento total de la ayuda a África. Los flujos de capital privado a naciones en desarrollo triplican la ayuda oficial, y Ngozi Okonjo-Iweala, ex ministro nigeriano del exterior, sostiene que “es tiempo de ver a África como un destino atractivo para la inversión, no sólo para la ayuda”.
El resultado es que ya no está claro quién depende de quién. Los países más pobres aún dependen de los mercados occidentales, como mostró la recaída que tuvieron en 2008. Pero su recuperación revela que son más resistentes que antes, en parte por sus políticas económicas y en parte porque comercian más entre sí y se protegen unos a otros de los peores efectos de la crisis del mundo rico. El comercio entre naciones en desarrollo, entre ellas las del llamado BRIC (Brasil, India, Rusia y China), crece dos veces más rápido que el comercio mundial.
Más impactante aún es que, mientras el crecimiento se orienta hacia el sur, la deuda se inclina hacia el norte, al revés de lo que ocurría en las décadas de 1970 y 1980, cuando los países pobres tenían deudas enormes. La deuda pública bruta de los países ricos se eleva del equivalente a un 75% del PIB a principios de la crisis de 2007 a un 110% que se estima para 2015, según el FMI. En los mercados emergentes, la deuda pública está por debajo de 40% del PIB y se desinfla.
En consecuencia, los miembros prudentes del tercer mundo se vuelven más seguros para invertir que los pródigos del primero. Sudáfrica tiene mejor calificación de crédito que Grecia. La calificación de Brasil, Indonesia, Turquía y Perú se ha elevado este año, en tanto la de Portugal, Irlanda, Grecia y España se ha degradado. Resulta notable que el rendimiento de los bonos gubernamentales de Tailandia sea igual al de los estadunidenses.
Amar Bhattacharya, jefe del Grupo de los 24 (agrupación de países pobres), sostiene que el primer mundo depende al menos tanto del tercero como éste de aquél, porque la creciente aportación de los países pobres a la demanda global es indispensable para los intentos de los países ricos por volver al crecimiento y reducir la deuda.
En 1826 el ministro británico del exterior, George Canning, alardeaba de haber “creado al nuevo mundo para restaurar el equilibrio del antiguo”. Ahora el tercer mundo viene por sí mismo a reparar los desequilibrios del primero. Canning y otros ayudaron a transformar la arquitectura diplomática de Europa tras la caída de Napoleón. En cambio, se ha hecho mucho menos –en las instituciones financieras internacionales, en las pautas de la ayuda y en los hábitos diplomáticos– por reflejar la realidad del tercer mundo actual.
Fuente: La Jornada

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