viernes, 29 de julio de 2011

JUSTICIA SOCIAL

José Fernández Santillán / El Universal
No es raro oír decir que la justicia social es un tópico pasado de moda. Quien se atreve a citarlo corre el riesgo, en efecto, de ser considerado como un trasnochado que trae a colación vocablos pertenecientes a épocas ya fenecidas. De acuerdo con la cultura prevaleciente, lo que hoy cuenta es el esfuerzo personal a secas. El que unos hayan logrado amasar cuantiosas fortunas mientras que otros no hayan podido acumular tanto dinero, o ni siquiera unos cuantos centavos, se debe a que los primeros utilizaron sus talentos correctamente en tanto que los segundos no fueron tan hábiles o bien, simplemente, se echaron a la holgazanería.
Según la mentalidad en boga, las desigualdades sociales son el reflejo de las distintas habilidades entre las personas y, en consecuencia, es inadmisible que se aplique algún criterio de compensación para corregir esas diferencias.
En México, la aplicación de tales planteamientos nos ha llevado a que, por un lado, tengamos al hombre más rico del mundo y, por otro, tengamos a casi la mitad de la población en el nivel de pobreza. Otros “daños colaterales” de la política económica neoliberal son los 7.5 millones de ninis y la expulsión masiva de fuerza de trabajo a EU.
Valgan algunos otros datos: hace poco Eduardo Sojo, presidente del INEGI, dio cuenta de que entre 2008 y 2010 el ingreso promedio de los hogares mexicanos se desplomó 12.3%; el Informe para el Desarrollo Humano 2011, presentado por Magdy Martínez-Solimán, representante residente del PNUD en México, reportó que 40.3% de las transferencias gubernamentales en materia social se destinan a 20% de la población más rica.
Con todo y estas injusticias, los tecnócratas siguen pregonando dogmáticamente: “no hay más ruta que la nuestra”. Sin embargo, está claro que el neoliberalismo es una estrategia en retirada tanto a nivel nacional como internacional. Pero ¿cómo sustituirla? Por supuesto, no se trata de reeditar la vieja receta intervencionista. Permítaseme emplear una metáfora: hay que desechar el agua sucia del populismo y del paternalismo, sin tirar por la ventana a la niña, es decir, a la justicia social. La artimaña de los adoradores del mercado reside, precisamente, en confundir las tres cosas para deshacerse de cualquier compromiso con la igualdad. Eso lo han entendido, por citar sólo dos casos muy diferentes, los brasileños y los escandinavos, quienes han reivindicado la justicia social sin recurrir a la demagogia y al clientelismo.
De otra parte, estudiosos tan reconocidos como John Rawls (A Theory of Justice, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1971) o Bruce Ackerman (Social Justice in the Liberal State, New Haven, Yale University Press, 1980), partidarios de la justicia social, no defendieron ni por asomo al paternalismo y al populismo.
Más recientemente Amartya Sen (The Idea of Justice, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 2009) ha mostrado que las desigualdades no son el costo inevitable que se debe pagar para impulsar el desarrollo. Sen ha mostrado que, mediante la aplicación de ciertas políticas públicas, se puede remediar las injusticias producidas por el monetarismo.
Las libertades individuales no tienen que estar reñidas con la igualdad social. Más aún, desde una nueva perspectiva del desarrollo, unas y otra son complementarias. Así pues, hay que hablar y enarbolar, sin temor, la justicia social.


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