viernes, 22 de julio de 2011

EL FINAL DE LA ESCAPADA

Antonio Navalón / El Universal
En Estados Unidos una figura, William Randolph Hearst, es todo un símbolo del nacimiento del concepto del imperio americano.
Fue el primer editor y empresario de medios de comunicación que obligó a un presidente estadounidense a declarar una guerra, la de Cuba. El presidente William McKinley sostenía que no habría guerra con España, pero la explosión del Maine —la haya hecho quien sea— en la bahía de La Habana, produjo la declaración de la guerra de Estados Unidos a España como Randolph Hearst quiso.
Es el primer hombre que demostró que el poder de los medios de comunicación es superior a todos los demás, pues no sólo refleja la opinión pública sino que puede crearla y dirigirla. Hearst hizo mal uso del precepto de Jefferson de “prefiero una prensa sin gobierno, que un gobierno sin prensa”.
El episodio en relación a Murdoch, News of the World y News Corporation va más allá de las escuchas, de la complicidad entre los medios y los políticos, la impunidad y la falta de respeto a los lectores, los televidentes o los oyentes.
Es el final de la escapada de una extraña orgía de poder en la que todos hemos participado en los últimos 40 años, en mayor o menor medida. Ha tenido que ser Reino Unido —primer país que impuso el gobierno de la ley sobre la voluntad de sus gobernantes— el que sufriera en carne propia las consecuencias de una relación contranatura que ha tenido por víctimas principales a los lectores y el papel de los medios de comunicación.
Sin la revolución tecnológica y sin el imperio de la era de la información nunca hubiera sido posible este nivel de canallada. Ahora la tecnología permite que todos seamos desnudables y ventaneados a través de nuestros teléfonos y computadoras así como a la necesidad sin límite de los políticos de los medios de comunicación los convierte en marionetas al servicio de éstos.
Así, quienes escribimos, los figurantes, los periodistas, ya no formamos parte del equilibrio que garantiza cierto orden sino que todos participamos en un pozole donde la carne no sólo es la fe de la audiencia sino también su buena voluntad.
¿Cómo queda el gobierno inglés que lleva en el cargo sólo 14 meses? Por los suelos. No porque estableciera acuerdos con el grupo de Murdoch, todos los hacemos. No porque no impusiera a su policía una vigilancia que impidiera que la simulación de la película Robocop se convirtiera en realidad en Scotland Yard —en la película una corporación privada controlaba a la policía; en la realidad, una corporación privada, a base de comprar, proteger, sacar o poner los senos desnudos de las amigas del poder en los medios, terminó por controlarlo todo—.
Lo peor de Cameron es que, representando a una nueva generación de políticos, no entendió que a cambio de que miren a otro lado en tu acción de gobierno, tú mirarás hacia otra parte mientras ellos se ocupan de vulnerar la ley.
Es el final de la escapada para todos. Debería significar, empezando por Estados Unidos y Reino Unido un nuevo código, primero deontológico pero segundo —y no se engañen—, penal para los periodistas, los dueños de los medios y los políticos que nos creamos que como unos nos necesitan y somos la “conciencia nacional” podemos cometer cualquier bajeza sin límite.
Las dictaduras de izquierdas y de derechas se llenaron de vergüenza porque no existía la posibilidad de tener ni seguridad jurídica ni intimidad: todos podíamos ser detenidos, torturados, leída nuestra correspondencia e incluso, como muestra la película La vida de los otros, mecanografiados en nuestros jadeos sexuales.
Pues bien, eso que representa el fracaso de la civilización es el juego común de entender la relación entre algunos medios y el poder, pero con independencia de a quién le hayan pillado ahora, hace muchos años que los periodistas compramos el producto de traiciones o vulneraciones de la ley para luego llamarles “grandes investigaciones o revelaciones” periodísticas.
Como Jefferson, creo que es peor que no haya libertad de prensa porque ésta debe controlar al gobierno; el problema es cuando los intereses de la prensa y de algunos de los del gobierno limitan la libertad de todos nosotros, y a ese tema ya llegamos.
Aunque Murdoch le dijera al Parlamento británico —bajo presión, no por voluntad— que después de 57 años de haber dirigido periódicos y crear una compañía con 52 mil empleados en todo el mundo, jamás sintió tanto asco como cuando escuchó lo que uno de los suyos había hecho. Lo cierto es que él creó un sistema donde, sin preguntar cómo, lo que se preciaba era el resultado y no creo que este sea momento de aplicar las enseñanzas de Maquiavelo —el fin justifica los medios—.
¿O sí, señor Murdoch?

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