lunes, 25 de octubre de 2010

OBESIDAD IMPORTADA Y SANIDAD ALIMENTARIA

Reporte Económico
David Márquez Ayala
La obesidad, alerta la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se está convirtiendo en muchos países en el enemigo público número uno en cuestión de salud, y según la (Organización Mundial de la Salud) (OMS) el sobrepeso y la obesidad alcanzan proporciones epidémicas ya no sólo en países avanzados sino también en muchos atrasados, afectando por igual y con creciente intensidad a hombres y mujeres, infantes y mayores, ricos y pobres.
Según cifras de la OMS, los más altos porcentajes de obesidad (más del 60% de la población de 15 años o mayor) se registran actualmente en pequeños países isleños del Pacífico Sur (Nauru, Islas Cook, Micronesia, Tonga), y de los países mayores, en Estados Unidos, donde 44.2% de los hombres de 15 años y más y el 48.3% de las mujeres califican como obesos (Gráfico 1), y 80.5 y 76.7 respectivamente como pasados de peso.
Cabe recordar que para la medición de sobrepeso y obesidad se usa el Índice de Masa Corporal (IMC) que se obtiene dividiendo el peso de una persona entre su estatura al cuadrado (x2). Si el resultado es menor a 25 el peso se considera normal, si es superior a 25 hay sobrepeso, y si es superior a 30 kg/m2 se considera obesidad.
En México, tras siglos de existencia, fue hasta hace unos 20 años que la obesidad aparece como un problema de salud; se le asociaba generalmente con disfunciones glandulares poco comunes. De la noche a la mañana, sin embargo, nos encontramos con la sorpresa de que 73.6% de los hombres y 73.0 de las mujeres de 15 o más años tiene sobrepeso, y que de éstos el 30.1 de los hombres y 41.0 de las mujeres califican como obesos; también con que uno de cada tres niños y jóvenes de ambos sexos entre cinco y 17 años tiene sobrepeso.
Para la Secretaría de Salud, la obesidad es el resultado de un desequilibrio entre la ingestión y el gasto energético, esto es, de una ingestión de dietas con alta densidad energética y bajas en fibra, y de bebidas azucaradas, en combinación con una escasa actividad física.
A estas causales —hábitos alimentarios deficientes y sedentarismo— no les restamos validez, pero consideramos que el núcleo del problema está en otro lado.
Nos parece incorrecto, por lo demás, descalificar a muchos alimentos populares de diversas culturas: desde las hamburguesas y las tapas, hasta las tortas y los sushis que son magníficos alimentos si sus ingredientes son los adecuados.
Los dulces, pasteles, papas, frituras, refrescos y similares tampoco son los enemigos si se consumen moderadamente como lo que son: golosinas, botanas o bebidas de ocasión; malo cuando se les confunde con alimentos, sustituyéndolos, o cuando sus ingredientes son dañinos.
Nuestra hipótesis
Analizando el origen y el desarrollo de la obesidad como problema de salud pública, es inevitable ver su paralelismo con los cambios tecnológicos en la producción de alimentos y en su industrialización. Estados Unidos es pionero en estas áreas y es también desde hace muchas décadas el país avanzado con mayores índices de obesidad.
Consideramos que este grave problema de salud, la obesidad, es esencialmente el resultado del uso equívoco de la ciencia y la tecnología, aplicadas irresponsablemente al aumento de la producción agropecuaria, a una productividad mal enfocada y a la maximización de las ganancias, criterios que rigen con creciente permisividad y ausencia de ética el ciclo alimentario mundial impuesto por los corporativos.
No es posible asumir que alterar o violentar en la agricultura los procesos naturales con el uso irrestricto de químicos tóxicos o peor aún, con manipulación genética, no traería consecuencias para quienes consumen los alimentos así producidos; tampoco podía esperarse que el ganado y las aves engordados artificialmente con hormonas y otras sustancias químicas, o con granos transgénicos, no tendrían efectos subsecuentes en los humanos.
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Es un hecho que los monopolios globales de la alimentación, la química y la farmacéutica actuando sin controles efectivos, como es el caso, están en vías de crear una hecatombe universal.

La obesidad en México es, según este razonamiento, un problema de importación reciente vía los alimentos que en forma creciente adquirimos en el extranjero, y en especial de Estados Unidos, y es también un problema de negligencia oficial interna ante los grandes productores de insumos agropecuarios y alimentos, que utilizan en nuestro país los mismos métodos y sustancias que en Estados Unidos.

El abandono en los años 80 del siglo anterior del principio de la autosuficiencia alimentaria y la apertura comercial nos han hecho cada vez más dependientes de los alimentos importados y con ello de sus alteraciones, vicios y nocividad. En 2009, 27.4% del maíz consumido en México fue importado, 39.9 del trigo, 96.6 de la soya, 14.5 del frijol, 77.9 del arroz y 30.2% del cártamo; y en forrajes, el 29.1% del sorgo (Gráfico 2).

En carne de bovino éramos prácticamente autosuficientes en 1980 y en 2010 importamos 14.6% del consumo; de cerdo importábamos 2.4% y ahora 44.0; y de aves pasamos de la autosuficiencia en 1980 a importar 15.1 del consumo en este año (Gráfico 3).

En leche, en 1980 importamos 2.6% del consumo y ahora 14.5%. El huevo es prácticamente el único producto básico en que seguimos siendo autosuficientes (Gráfico 4).

¿Qué hacer?

Nuestro país está aún a tiempo y en posibilidades de dar un giro en su estrategia alimentaria y de salud pública. Podríamos:

1) Retomar el criterio de la autosuficiencia en alimentos básicos y aplicar una política integral para el campo en materia de productividad, infraestructura de riego (y saneamiento hídrico), depuración de insumos, garantía de compra a precios remunerativos, y apoyo al procesamiento. El Estado debe garantizar lo anterior participando directamente si es necesario.

2) Reducir en concordancia las importaciones de alimentos y las que en el tránsito deban realizarse que sean exclusivamente de abastecedores que garanticen productos limpios (de toxinas, alterantes y sustancias nocivas), y desde luego no transgénicos (que además esterilizan los cultivos y obligan a comprar las semillas a quienes poseen la tecnología). Un organismo confiable como la UNAM o similares podrían supervisar el proceso de saneamiento.

3) Prohibición absoluta de cultivos transgénicos en todo el país (aunque impulsando la investigación propia para el futuro), y el establecimiento de normas para alimentos limpios (no necesariamente orgánicos, pues es irreal). Esto colocaría además a nuestros productos en una posición privilegiada para exportar en el futuro a países ávidos de alimentos sanos, y

4) Revisión de toda la estructura agroindustrial del país para asegurar un procesamiento igualmente limpio de los alimentos.

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