| Francisco Valdés Ugalde / El Universal |
En
las próximas elecciones México enfrenta un momento de decisión que
podría hacer la diferencia entre continuar por el camino del pluralismo
democrático hasta llegar a establecer un régimen compatible con él o
regresar a un modelo político en el que una alternativa predominante se
lleve las fichas principales del juego y deje a la mayoría o a la mitad
virtual del electorado fuera de la relevancia política en materia de
decisiones de gobierno.
Cuatro
escenarios posibles se perfilan. El más probable es uno en que el
Ejecutivo sería conseguido por el PRI aunque sin obtener mayoría en las
Cámaras. El segundo, menos probable pero igualmente posible, en el que
ganaría, además, mayoría en ambas Cámaras. El tercero, igual que el
anterior pero con mayoría en sólo una Cámara. Y el cuarto, en apariencia
cada vez más lejano, en que uno de tres peleará cerradamente con los
otros dos sin obtener mayoría en el Congreso.
Visto
así, la decisión más importante que tomarán los electores, a sabiendas o
no, es si se continúa o se interrumpe el camino elegido en 1996 de
construir un sistema democrático y pluralista. Puesto al revés, se trata
de si damos marcha atrás hacia una situación más parecida al “statu
quo” anterior a ese año o si persistimos en completar el edificio
democrático que está a medias.
El
reto más importante del sistema político mexicano desde 1997, cuando se
probó que la reforma electoral funcionaba para la alternancia, era
volver sobre el tema dejado en la mesa de negociaciones: ¿cómo
transformar un régimen político que fue hecho para ejercer el poder
autoritariamente de modo que responda a la nueva realidad democrática?
Ante esta cuestión fallaron todos los actores políticos relevantes. El
partido gobernante entre 2000 y 2012, el partido mayoritario de la
izquierda, el pequeño sector del PRI que se sumó a estos esfuerzos y los
grupos de la sociedad civil que vieron la problemática en clave de este
horizonte. Una y otra vez fueron incapaces de tomar la iniciativa, a
pesar de varias coyunturas altamente favorables para hacerlo, como fue
la del primer año del foxismo. O peor, negaron que el problema fuera ése
y en su lugar se trataba de habituarnos a una “normalidad democrática”
ficticia, en que la faena principal no era la transformación de los
enclaves autoritarios del régimen, sino la alternancia como único valor
relevante. El proyecto de reforma del Estado fue minimizado, ninguneado y
rechazado una y otra vez. Ilusos, se dijo, eran los que lo postularon.
La
mexicana fue una transición democrática mal diseñada. Los acuerdos de
1996 no dieron paso ni a un nuevo pacto social, ni a un proyecto de
reformas que, retroalimentándose con el primero, abrieran el paso a
fuerzas emergentes que pudieran desplazar la posición hegemónica de los
actores sociales y económicos que fueron beneficiarios del sistema
presidencialista de partido hegemónico. Estos intereses se mantuvieron,
supieron seducir y someter al Ejecutivo, imponer bancadas relevantes en
el Legislativo para la defensa de sus intereses, acorazarse en las
estructuras corporativas tradicionales en empresas y servicios del
Estado y hacerse de influencia decisiva en los poderes territoriales de
las entidades federativas.
Un
contexto en el que predomina este panorama de viejos factores
determinantes en lo económico y social es desfavorable para que otros
actores “modernizadores” hagan acto de presencia en los bloques de
poder. A lo largo de una década hemos visto de qué modo los entes
reguladores autónomos han sido objeto de ataque y desgaste del escaso
poder con que fueron dotados.
Los
graves problemas de bajo crecimiento, falta de competitividad y
productividad, desigualdad social, pobreza, bajo nivel de acceso a la
justicia entre otros se originan en esa estática de los factores de
poder.
Si
ésa era la democracia que se buscaba construir, menudo favor se le hizo
a las aspiraciones de la sociedad mexicana. El desprestigio del
pluralismo por supuestamente ineficaz se origina en la falacia de que
debería funcionar así como así. El hecho es que las reglas de inducción
de decisiones de los poderes en materia de políticas públicas en el
sistema mexicano no se corresponden con el pluralismo. Era necesario
establecerlas, y el único camino era avanzar hacia gobiernos de
coalición y formas de representación más mixtas que las existentes.
También suponía reordenar el federalismo y, por encima de todo,
resucitar el municipio.
Nada
resiste al vacío. Tarde o temprano se llena. No haber reformado el
ejercicio del poder puede ser la causa del fin del pluralismo y el
nacimiento de una nueva forma de exclusión política.
En
las próximas elecciones los ciudadanos nos enfrentamos a esta
bifurcación de los caminos. Por eso será un momento de decisión
importante. |
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