martes, 1 de noviembre de 2011

LO QUE HEMOS TENIDO QUE OIR

Se llega al G-20 con una desavenencia frontal sobre la política económica necesaria
JOAQUÍN ESTEFANÍA / EL PAÍS
Ni el pasado Consejo Europeo ni el Eurogrupo abordaron el problema principal de Europa, que no es la banca ni la deuda soberana (objetivos intermedios) sino el estancamiento económico y las altas tasas de paro (como se ha comprobado en la dramática encuesta de población activa del tercer trimestre del año). Zapatero abandonó Bruselas llevando bajo el brazo los deberes que los que mandan han puesto a España: aplicar los compromisos adquiridos de consolidación fiscal (6% del déficit público este año y 4,4% el que viene, lo que marca la política económica al nuevo Gobierno, sea el que sea); nuevas medidas para incrementar el crecimiento y reducir la tasa de paro (lo que, teniendo en cuenta lo anterior, es pedir una cosa y la contraria); más flexibilidad y aumento de la capacidad de inserción del mercado laboral; y reformas para incrementar la competitividad, especialmente en el sector de servicios.
Zapatero fue a Asunción (Paraguay) para asistir a su última cumbre iberoamericana. Allí estaban representados tres países que forman parte del G-20 (Brasil, Argentina y México), que se reúne este fin de semana en Cannes. El G-20 se ha autodefinido como el "foro principal" para resolver los problemas económicos del mundo, lo que le concede una gran responsabilidad. En la capital guaraní, la delegación española -junto a Portugal, la única europea- hubo de escuchar con humildad las recomendaciones de una región que ha conseguido superar la crisis antes que otras partes del mundo, y que goza de las tasas de crecimiento de los países emergentes:
1) Evitar la rigidez. Más de dos décadas después que América Latina (AL), Europa está aplicando al pie de la letra el Consenso de Washington que se creó básicamente para aquella región, el principal de cuyos puntos es la obtención de la estabilidad presupuestaria a plazo fijo, sean cuales sean las necesidades y las coyunturas de los países, con la lucha prioritaria contra el déficit público a costa de lo que sea, incluso del crecimiento económico o de un incremento brutal del paro. Hace tiempo que AL aprovechó lo que de bueno había en tal consenso y se desprendió de lo que tenía de fundamentalismo ciego. Muchos países de la zona, que han resistido bien la crisis, están inmersos en políticas heterodoxas, flexibles, con un mayor equilibrio entre el Estado y el mercado.
2) Finanzas conservadoras. AL ha conservado un sistema financiero conservador, sin activos tóxicos y básicamente sano. Durante la Gran Recesión, ningún banco de la región ha necesitado de muletas como la recapitalización, inyecciones de liquidez, garantías y avales públicos.
3) El empleo es la prioridad. El paro no ha sido el factor diferencial de AL durante los cuatro años de crisis. Como consecuencia de políticas macroeconómicas más matizadas y de programas sociales de mayor magnitud y calidad, el efecto negativo ha sido menor en AL que en Europa. AL había vivido un círculo virtuoso en los cinco años previos a la Gran Recesión: más crecimiento, mejora en el empleo y fuerte reducción de la pobreza; hubo un alza de la ocupación impulsada principalmente por el empleo asalariado, que suele estar asociado a puestos de trabajo formales, lo que usualmente significa una mejora en la protección social.
4) Democracia y economía, de la mano. La respuesta política a la crisis está siendo diferente en Europa y AL. En la primera ha habido una emergencia de los populismos y un espectacular aumento de la desafección ciudadana, lo que afecta a la calidad de la democracia; el tradicional consenso entre socialdemócratas y democristianos está haciendo agua. En AL, la marcha de la economía no ha lesionado el apoyo mayoritario a la democracia ni ha promovido la emergencia de regímenes políticos autoritarios. Como explica el profesor José Luis Machinea (La crisis económica en AL, Fundación Carolina), la mayoría de los países de la región convergió en ofrecer menús compuestos de políticas económicas "semiheterodoxas y semiestatalistas, y políticas sociales entre tecnocráticas y semidistributivas. La satisfacción de los ciudadanos con el régimen democrático creció en la mayoría de los países que implementaron estos menús".
¿Tendrán cabida estas reflexiones en la cumbre del G-20, a la que se llega con una enorme desavenencia sobre la política económica a aplicar en esta coyuntura recesiva?

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