miércoles, 10 de noviembre de 2010

¡ES LA ECONOMÍA, ESTUPIDO! DIJO EL PRESIDENTE

Jesús Alberto Cano Vélez (*)
¡Es la economía, estúpido! llamó así la atención el presidente norteamericano Bill Clinton a uno de sus principales asesores, que no obstante una incipiente recesión en puerta, estaba más preocupado por elaborar la estrategia de reelección de su jefe, ante el inminente fin del período constitucional.
Lo mismo pudo haber exclamado el Presidente Obama a su equipo, antes de encarar las difíciles elecciones de medio término, a que todo presidente de ese país tiene que hacer frente, en el segundo año de su administración. A lo mejor así hubiera evitado la derrota apabullante que sufrió el martes pasado en esas elecciones bianuales.
Y esa lección es la principal conseja de todo régimen democrático; porque la prueba de ácido de toda administración gubernamental es presentarse ante los votantes a pedir que les ratifiquen su confianza para seguir encabezando el gobierno.
De ahí se desprende todo; de ahí que “vox populi, vox dei”. Si su política no ha tenido éxito –y eso lo define la ciudadanía, los votantes-- entonces a adecuarse, a cambiar la estrategia, a buscar rutas alternas y a escuchar opiniones al margen del grupo íntimo. Bien decía un viejo político veracruzano años atrás: “no importa qué hora sea; si el pueblo dice que es de noche. . .a prender las farolas.”
Esa es la fuerza del voto en un régimen democrático; y esa es, precisamente, de donde emana la fuerza de la ciudadanía. Los gobiernos de los iluminados no caben en ese esquema, no obstante que alguno entre ellos sostenga tener línea directa al todopoderoso.
En México se percibe una importante divergencia de visión, misión y de objetivos de política, y tiene mucho que ver con ideología y con intereses de grupos.
Por un lado está la visión de quienes se preocupan por la calidad de vida de la ciudadanía y de los momentos difíciles que algunos puedan estar pasando; especialmente si es esa mayoría pobre de la población. Y por el otro lado, la obstinación de los que perjuran que su visión es la correcta, porque ellos SÍ saben. Por lo tanto, no escuchan ni dan crédito al pensamiento de otros.
Tan fácil que sería escuchar, abrirse y conciliar posiciones.
La semana pasada se quiso convencer a los desempleados y a ese 50% de mexicanos que vive en la pobreza, que las cosas ya vienen bien para México y que no es necesario tomar medidas económicas extraordinarias. Bombardearon con cifras de un segmento laboral preferente --el del mercado formal-- que está respondiendo a dos acontecimientos de corto plazo y ninguno de ellos corresponde al fin del efecto, en México, de la recesión mundial: Primero, se aprecia un contenido estacional, que es la contratación de empleos relacionados con las masivas ventas navideñas y de Reyes, del comercio formal mexicano. Y Segundo al rebote esperado después de la inmensa caída en los empleos en el año anterior, 2009, cuando la economía se contrajo 6.5%
De manera que el Instituto Mexicano del Seguro Social registró un aumento en sus afiliados. ¡Qué bueno! Pero ni corresponde a una golondrina en verano ni desmiente el último informe del INEGI, que habla de un crecimiento del desempleo en México en los meses recientes. Sin duda el INEGI mide el empleo y el desempleo en los dos mercados laborales en México, el del comercio formal y el del informal.
Hemos sostenido en esta columna que el impacto de la recesión mundial no ha terminado para México; y si es que va de salida, ésta va gateando, porque depende de la suerte de la economía de los Estados Unidos, que según todas las proyecciones serias, le dan pocas esperanzas de una rápida recuperación en el mediano plazo.
El Secretario de Hacienda y Crédito Público, sostuvo en reciente conferencia de prensa que el eje de su política económica es no hacer nada, por ser innecesario, ya que pronto nos llegará el efecto benéfico de una mejoría en la economía de nuestro vecino del Norte.
Evidentemente diferimos, porque estamos convencidos de que tenemos nuestro propio motor y timón en la economía. México es una nación independiente, moderna y dispone de una amplia gama de instrumentos de política económica, que el Ejecutivo puede utilizar. Lo hemos hecho en el pasado, igual que ahora lo hacen Brasil y la mayoría de los demás países del Continente.
Se está cocinando en este momento, en la Cámara de Diputados, el paquete del presupuesto de egresos del Gobierno Federal, que requerirá de mucha negociación. Algunos tememos que vamos a terminar desperdiciando esta oportunidad para ejercer ese instrumento para el bien de nuestra economía.
Necesitamos de mucha inversión pública en apoyo a la actividad de la empresa privada así como también de inversión de ésta. Adicionalmente, necesitamos una política que mejore nuestra competitividad y capacidad para competir mejor en los mercados, con nuestra producción nacional. También nos urge dinamizar el campo mexicano; ahí vive mucha gente en la pobreza y que sabe producir.
El futuro nos juzgará a través del espejo de nuestros votantes, cuando ellos decidan a quienes concederles su confianza. Estamos convencidos que no será a quienes nos han llevado a un país más dependiente y menos capaz de moverse con sus propios instrumentos.
(*) Presidente de El Colegio Nacional de Economistas


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