Carlos Ramírez - El Independiente
Si se revisa con el rigor metodológico de la geopolítica, la relación descompuesta entre Estados Unidos y México no tiene que ver con hechos más allá del discurso retórico de la Doctrina Monroe y de la Doctrina del Destino Manifiesto, porque no hay forma de que la Casa Blanca quiera quitarle más porciones territoriales a México o convertirlo en el estado 51 de la Unión americana.
El punto de fricción es muy sencillo de localizar, pero muy complejo de evaluar por lo que se encuentra subyacente y fuera de la vista pública: Estados Unidos está convencido de que México es un narcoestado porque los cárteles del tráfico de drogas siguen como estructuras de producción y contrabando de estupefacientes y solo puede existir con la protección que esas bandas delictivas han contado prácticamente desde que la Dirección Federal de Seguridad de la Secretaría de Gobernación de Manuel Bartlett Díaz en 1984 pasó de proteger y a subordinarse a los primeros cárteles del narcotráfico.
En retórica de seguridad nacional, México tiene razón en argumentar fundamentos de soberanía para no complacer las quejas de Estados Unidos, pero detrás de ese discurso se encuentra efectivamente el hecho de que el poder económico de los cárteles del narcotráfico ya está sometiendo a instancias de gobierno en la mayor parte de la República.

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