Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
Un año pasó y la imaginación falló: nada que celebrar. Trump sigue su ominosa ruta hacia el colapso global y nosotros asistimos a la callada como forma oficial de comunicación. Poco o nada que deliberar, mucho para asumir como única vía.
No es nuestra, pero el gobierno parece gozar esa impuesta e improductiva unanimidad. No se trata de volver al juego de las cifras, que de modo tan infortunado el presidente López Obrador hizo suyo como forma oficial de la aritmética; lo que tenemos enfrente, vecinos del Gólem y ciudadanos en estreno, es la creación de un sentido de México en un mundo acosado por el delirio y en una economía que se mueve a través del lodo, pero sin atender a ninguna referencia.
Todo es ocurrencia, pero el cambio de época que antecediera el remolino actual nos indica la conveniencia de no quitar mente y mirada de un pasado que no termina. El presente continuo tan aborrecido por las mentalidades racionales, como la del siempre recordado Norbert Lechner, parece haberse impuesto a concepciones de toda especie, aferradas y vetustas sensibilidades y creencias, o en busca de nuevas maneras de entender nuestro mundo. Loca ironía, cuando lo aconsejable pareciera ser limpiar la mirada y calibrar el pulso. Y, de ser necesario, rectificar el rumbo.

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