Simón Levy
Donald Trump comprendió algo que muchos líderes occidentales se negaron a aceptar durante décadas: la geopolítica del siglo XXI se construye con infraestructura. Puertos, carreteras, energía, logística, tecnología. Por eso, su respuesta al proyecto chino de la Franja y la Ruta no es retórica ni moralista.
Es estructural.
Hubo un tiempo en que la palabra multilateralismo resonaba como la piedra angular de la diplomacia global: Naciones Unidas, tratados de cooperación, conferencias climáticas, agendas comunes para el desarrollo, foros económicos donde los gobiernos parecían dialogar como iguales. Esa era, en realidad, fue breve. Hoy asistimos al entierro de ese siglo de ilusiones compartidas y al nacimiento de un nuevo orden sustentado en intereses nacionales explícitos, repartos de poder y alianzas calculadas.
La muerte del globalismo implica, en el fondo, el reconocimiento explícito del fracaso del modelo neoliberal estadounidense y de las instituciones que lo sostuvieron durante décadas. No fracasó solo como esquema económico, sino como arquitectura política incapaz de traducir crecimiento financiero en cohesión social, infraestructura real y estabilidad geopolítica.
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