Por: Jimena Ortiz - El Economista
El Foro Económico Mundial de Davos 2026 confirmó algo que muchos países ya intuían pero pocos se atrevían a decir con claridad: el orden económico internacional no está en transición, sino un quiebre estructural. La globalización como proyecto político perdió su carácter universal y ha sido reemplazada por una lógica de fragmentación, regionalización y uso estratégico del comercio como instrumento de poder. El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney fue el momento más elocuente de esa constatación. Al advertir que, si los países no están en la mesa, están en el menú, Carney puso palabras a una realidad incómoda para las economías medias: la soberanía ya no se mide por el repliegue, sino por la capacidad de construir resiliencia, alianzas funcionales y estrategia propia en un mundo más hostil.
La reacción de Donald Trump reforzó esa lectura. Su intervención en Davos dejó claro que, para Estados Unidos, el comercio, la energía y la seguridad son hoy dimensiones inseparables, y que los acuerdos económicos seguirán subordinados a objetivos geopolíticos: aranceles, sanciones y amenazas explícitas son medidas ordinarias de política exterior. En la misma línea, el secretario de Comercio, Howard Lutnick, advirtió que cualquier desviación de Canadá o de otros socios —como México— favorable a adversarios de Estados Unidos, como China, tendrá costos inmediatos. El mensaje fue inequívoco: en la lógica estadounidense, la apertura comercial es condicional, reversible y subordinada a objetivos de su seguridad y de su reindustrialización doméstica. Esta postura endurecida no solo redefine las reglas del juego para Europa y Asia, sino que coloca a México ante una disyuntiva estratégica más exigente: o aprovechamos nuestra posición dentro del bloque norteamericano para negociar desde la fortaleza y diversificar márgenes, o quedamos atrapados en una relación cada vez más asimétrica, donde el acceso al mercado se negocia caso por caso y bajo permanente amenaza.
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