miércoles, 14 de enero de 2026

Una reforma inoportuna

Denise Maerker - Milenio

Como si no faltaran temas que exigen para su mejor resolución una disminución de la polarización ambiente (ya no digamos unidad o serenidad) como la amenaza —momentáneamente conjurada— de Estados Unidos de proceder con ataques en nuestro territorio; o la necesidad imperiosa de detonar el crecimiento económico por el bien de todos (incluido el futuro del proyecto en el gobierno) y para lo que se requiere cierta certeza y tranquilidad, aparece ahora el divisivo tema de la reforma electoral. Mal momento.

Porque sabemos lo que ese tema despierta, y no sin razón. Desde el ala del gobierno hablan de dejar atrás “los pactos entre cúpulas partidistas” y de “renovar el pacto democrático” remodelando el último bastión de la “fracasada transición”. Para otros, es “la madre de todas las batallas” para evitar “el desmantelamiento definitivo del orden democrático” conseguido con la reforma electoral de 1996 y encarnada en el INE.

Y no es que no haya asuntos de nuestro entramado electoral que se puedan, o se deban incluso discutir. Nadie lo puede negar. La necesidad de mejorar la fiscalización del uso de los recursos es urgente (el documento entregado por el INE a la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral hace 38 propuestas al respecto). No solo definir cuánto se les da a los partidos políticos y cómo lo gastan, sino evitar que entren en las campañas y en la política dinero proveniente de poderes fácticos ilegales o criminales.

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