sábado, 17 de enero de 2026

La resaca derechista en América Latina

  • La lección para la presidenta Sheinbaum es, a juicio mío, mantener los programas sociales y abandonar o acotar las ocurrencias de López Obrador que espantan inversiones, empezando por la reforma judicial.

Segundo piso de la 4T. "Unidad mata ética". Foto: Miguel Dimayuga

Por Agustín Basave - Revista Proceso

América Latina, epicentro geográfico de la izquierda populista, se está derechizando. Cada vez más países se suben a la ola electoral de derechas –lo digo en plural porque se trata de expresiones diferentes– en un subcontinente zaherido por la pobreza y la desigualdad. No es que los gobiernos derechistas sean una novedad aquí, es que el imaginario colectivo remite a los golpes de Estado que impusieron dictaduras militares. Y no sólo es el lugar, también es el momento: el hecho de que el izquierdismo sea desplazado en las urnas en pleno siglo XXI, tras de que los revolucionarios aprendieron que es más fácil llegar al poder por la vía democrática que por la guerrilla y se volvieron diestros –y siniestros– en operar elecciones, constituye una interesante paradoja. ¿Cómo hicieron los partidos y los candidatos de derechas para vencer en las urnas al populismo? Peor aún, ¿cómo hizo la ultraderecha para ganarles a quienes habían conquistado el apoyo de la mayoría?

El caso más reciente es Chile, donde perdió una izquierda no populista. Los izquierdistas radicales latinoamericanos achacan la derrota –¡oh sorpresa!– al semblante socialdemócrata de Gabriel Boric. Ha revivido en nuestra América el odio marxista a la socialdemocracia con el rancio espantajo de la traición, que en su versión light la acusa de pavimentar con cemento de ingenuidad el sendero de la reacción. Así lapidaron a Bernstein, su padre fundador, en la Alemania de los años 1900; sus “amigos” en el partido lo estigmatizaron como tonto útil y los guardianes del santo sepulcro lo satanizaron como un taimado mercenario de la oligarquía. Al domesticar y humanizar al capitalismo salvaje, rabiaban, los socialdemócratas daban oxígeno a un sistema cuyas contradicciones debían agudizarse para catalizar su autodestrucción.

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