lunes, 23 de enero de 2012

AVERSIÓN AL DEBATE

JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ / REFORMA
Confieso que vi el debate de los precandidatos panistas a la presidencia de la república. Sé que los minutos que dediqué a ver sus discursos hablan muy mal de mí. Tantas cosas que podía haber hecho, y yo con la computadora prendida viendo sonrisas tiesas, palabras gastadas y promesas. Concursos de lealtad, incompetencia vuelta orgullo, la vacuidad congelada en mueca. Tal vez escribo este artículo para no sentirme tan culpable de haber perdido sesenta minutos de mi vida.
El PAN fue un lujo de la vida política mexicana. No lo digo por sus ideas, sino por sus prácticas. Entre dos versiones del monólogo, el partido de la derecha mexicana discutía: discutía con el régimen, discutía con la alternativa de izquierda y, sobre todo, discutía consigo mismo. En el PAN había desacuerdos que se ventilaban. La penosa vida parlamentaria mexicana encontraba en la representación panista un manojo de voces que apostaba tercamente al argumento. Si un partido se empeñó en alimentar al Congreso con debates, fue el PAN. Lo hizo con algunos polemistas notables que se formaron resistiendo a una aplanadora. Una profunda tristeza deben haber sentido los panistas de antes al ver el encuentro de sus opciones para el 2012: ninguna de sus cartas para la elección presidencial encarna esa tradición parlamentaria que aún representa Felipe Calderón. Santiago Creel apela a su experiencia como si ésta fuera una carta de recomendación. Ernesto Cordero es un tecnócrata que, como tal, no recurre a la razón sino al argumento de autoridad y, sobre todo, a la cercanía con el Señorpresidente. Josefina Vázquez Mota sonríe.
Los panistas presentaban el encuentro como si fuera un debate pero no hubo nada que se acercara a la polémica. Cada uno caminando en su carril, sin voltear a ver al vecino. Ernesto Cordero intentó polemizar pero es obvio que carece de recursos para la esgrima intelectual. El actuario quiso cuestionar a la puntera pero no tiene idea de cómo hacerlo. Josefina Vázquez Mota, tan diestra para la polémica como Enrique Peña Nieto, escuchó la crítica de su adversario y siguió con su discurso sin cambiar de sonrisa. Es una desgracia para México que el partido de mayor tradición parlamentaria haya encallado de esa forma. El PAN terminó por reproducir la política cortesana del PRI y adoptar la futilidad de los pasquines de autoayuda. Escribo no solamente para quejarme de la peor hora de mi semana sino para registrar, por una parte, la debacle intelectual del PAN y por otra, la ausencia de una cultura de la polémica en el país.
El fastidioso espectáculo panista es, con todo, más de lo que sus adversarios pudieron hacer. El PAN será el único partido capaz de organizar una elección para definir a su candidato presidencial. Puedo quejarme del "debate" panista porque ellos, por lo menos, lo simularon. Los otros ni siquiera se arriesgaron a la ficción. El PRI reunió al par que buscaba la presidencia con el objetivo de demostrar Unidad. Los candidatos del PRD se habían comprometido a debatir para precisar sus diferencias pero finalmente decidieron no hacerlo. Creyeron que era peligroso. En eso parece que existe una coincidencia nacional: el debate es visto como una sustancia peligrosa: un material inflamable que puede ser muy difícil de apagar.
La aversión a la polémica no es, desde luego, un vicio exclusivo de la clase política. El repudio es nacional. Es infrecuente entre nosotros que el desacuerdo sea un juego de inteligencia, de razón y, por supuesto, de humor. Una partida que acepta y anticipa la jugada del otro, es decir, que reconoce su derecho a la réplica. Un juego que entiende que la discrepancia implica rivalidad pero no es una declaración de guerra. Discutir parece actividad de mal gusto, una agresión, una insolencia. Debatir es arruinar la fiesta de lugares comunes, vaguedades, evasivas y demás tributos a la falsa fraternidad. La aversión a la polémica nos lleva, así, de la etiqueta más barroca a la riña más pedestre. Complejísimas ceremonias para acolchonar la diferencia e improperios repetidos con imaginación de matraca. Vamos del abrazo al escupitajo. La saludable moderación de Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, no logró ubicarse el territorio de la razón polémica para instalarse en un espacio beatífico. De la política pendenciera a la prédica amorosa sin atravesar el espacio de la polémica democrática.
La polémica es la tierra baldía de México. Cosío Villegas pedía que la vida pública fuera, en verdad, pública. Yo quisiera que el debate público fuera, en verdad, debate.

1 comentario:

  1. Fue un mal debate, porque esperabamos más. Lo que cuenta en un debate es quien tenga las mejores propuestas, y el unico que las tiene es Santiago Creel.

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