- El expresidente de Estados Unidos Donald Trump, en un acto en National Harbor (Maryland), el 24 de febrero.
Iker Seisdedos - Washington - El País
Pam Miller es una mujer de Míchigan que fuma sin parar y se gana la vida con el culto a Donald Trump. Lo sigue por todo el país con su camioneta blanca, que tuneó instalando en el techo una gorra con un 45, el lugar que el expresidente ocupa en la lista de los inquilinos de la Casa Blanca. Un número que para sus fieles es como el 23 para los de la leyenda del baloncesto Michael Jordan; no hace falta añadir más. Miller vende camisetas, viseras y banderas en honor al político republicano allá donde este da uno de sus multitudinarios mítines. “No es un mal negocio, siempre y cuando responda este trasto”, comentaba mientras acariciaba el salpicadero de la furgoneta a las puertas del espectáculo que el candidato ofreció el fin de semana pasado en Rock Hill, en la recta final de las primarias de Carolina del Sur. Desde que empezó con su negocio, durante la campaña electoral de 2020, nunca le ha ido, asegura, mejor que ahora.
Miller es testigo de la caída y el ascenso de Donald Trump desde que dejase deshonrosamente la Casa Blanca, dos semanas después de que miles de sus seguidores se lanzaran, al calor de sus arengas, al asalto del Capitolio el 6 de enero de 2021. Aquello le valió un segundo juicio político (impeachment) y las críticas de destacados líderes del Partido Republicano, que después fueron poco a poco comiéndose sus palabras, rendidos ante la evidencia de que subestimarlo lleva siendo una pésima idea desde que el magnate inmobiliario y estrella de la telerrealidad entrase en escena en 2015, bajando las escaleras mecánicas del rascacielos que lleva su nombre en Nueva York.

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