lunes, 29 de junio de 2026

El circo

 Por: Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis

Para celebrar sus ochenta años, Donald Trump convirtió el patio de la Casa Blanca en un ring de lucha libre. Ahí donde se han firmado acuerdos internacionales, ahí donde se han escenificado encuentros históricos con jefes de Estado, donde se ha dado solemnidad a la firma de leyes, el presidente instaló una jaula de ocho esquinas para su entretenimiento personal. La Oficina Oval se convirtió en vestidor de luchadores. Un coliseo para divertir al flamante octogenario. El retrato perfecto de la ética y la estética de su populismo. Gilles Lipovetsky, uno de los más agudos observadores de la sensibilidad contemporánea ha visto en ese deporte innoble el mejor ejemplo de la artificialidad y la simulación, “una parodia de enfrentamiento que no engaña a nadie.” Atuendos estrafalarios, acrobacias, payasadas que glorifican la violencia y la fanfarronada. Esa parodia de la que se burla el ensayuista francés tiene, sin embargo, una función innegable: condensar en un circo una visión de la política. 

El costo de la fiesta lo pagaron involuntariamente los contribuyentes. 60 millones de dólares costó el numerito. Aviones de las fuerzas armadas sobrevolaron la casa presidencial. Todo el escenario cubierto por los colores de la bandera del país que en estos días cumple 250 años. Los billonarios acudieron a la carpa para rendirle pleitesía al César. Pero un festejo de Trump no tiene sentido si no hay ahí negocio para sacar tajada. A los ochenta años, el presidente no pierde el tiempo simulando decoro. Su fiesta fue desfile de la más descarada corrupción. Uno de los templos arquitectónicos de la república, cubierto con anuncios de los patrocinadores del evento. Publicidad de casinos de criptomonedas y de cerveza en el patio de la Casa Blanca. Algunos luchadores recibieron pago en una criptomoneda que pertenece a la familia Trump. No hay inmoralidad alguna, dijo un portavoz de la Casa Blanca: son los hijos del presidente quienes controlan esa empresa, no el presidente mismo. La coartada de la inmoralidad en el populismo es el descaro. La corrupción no se esconde: se exhibe orgullosamente. 

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