Por: Arturo Damm Arnal - La Razón de México
El resultado del T-MEC, como es el caso de los tratados de “libre comercio”, ha sido un comercio entre mexicanos, estadounidense y canadienses menos intervenido por los gobiernos canadiense, estadounidense y mexicano, pero intervenido (malo), y con la posibilidad de una mayor intervención (peor), consecuencia, principalmente, de las pretensiones proteccionistas, sobre todo arancelarias, de Trump.
Con relación al T-MEC, según lo previsto en el mismo, a partir de julio hay dos opciones. La revisión, obligatoria, que implica evaluarlo y decidir si continúa hasta el 2042 (originalmente está previsto hasta el 2036), con revisiones obligatorias cada seis años. Si no fuera el caso, entonces entraría en una etapa de revisiones anuales hasta el 2036. Si, concluidas las revisiones anuales, no se llegara a un acuerdo, el T-MEC finalizaría el 1 de julio de 2036. La renegociación, opcional, implica modificar el texto del tratado, necesitándose la ratificación de los congresos.
¿Cuál es la opción correcta? Dado que el resultado del T-MEC dista mucho de ser el verdadero libre comercio, en el cual son los consumidores de cada país quienes, comprando o dejando de comprar, sin ninguna intervención del gobierno (prohibición, limitación, condicionante, arancel), determinan la composición (el qué), y el monto (el cuánto), de las importaciones, la opción correcta es la renegociación, no para aplicar más medidas proteccionistas, sí para eliminarlas y avanzar hacia el verdadero libre comercio entre mexicanos, estadounidenses y canadienses, que es, como lo vimos en el anterior Pesos y Contrapesos, éticamente justo (se respeta el derecho a la libertad individual de canadienses, estadounidenses y mexicanos para relacionarse comercialmente como más les convenga), y económicamente eficaz (contribuye a minimizar la escasez y a maximizar el bienestar).
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