El autor es Presidente de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana
México exhibe un problema estructural que rara vez ocupa el centro del debate público: la economía no es capaz de producir más con los mismos recursos. La Productividad Total de los Factores (PTF), que mide qué tan eficientemente se combinan el trabajo y el capital para generar producción, acumuló entre 1990 y 2024 una contracción promedio de 0.51 por ciento anual, de acuerdo con la metodología KLEMS del INEGI, toda vez que los insumos productivos crecieron más rápido (2.80%) que la producción misma (2.29%). En otras palabras, durante más de tres décadas, en promedio, el país ha producido menos de lo que sus insumos de trabajo y capital permitirían, lo que ha actuado como un freno silencioso pero persistente al crecimiento potencial.
Este estancamiento no es un fenómeno aislado: conviven con él una inversión privada que no termina de despegar de forma generalizada, un capital humano con rezagos persistentes y una informalidad laboral que se mantiene como rasgo estructural del mercado de trabajo. Para abril de 2026, la tasa de informalidad laboral se ubicó en 54.8 por ciento de la población ocupada, una cifra que ha permanecido prácticamente inamovible durante el último año. Detrás de este número hay una lógica económica identificable: cuando los incrementos al salario mínimo se aplican de forma generalizada, las micro y pequeñas empresas –con menor capacidad de absorber costos laborales crecientes vía productividad– optan por mantenerse o migrar hacia la informalidad antes que formalizarse o cerrar. El resultado es un círculo vicioso: la informalidad reduce el acceso a financiamiento y capacitación, lo que a su vez perpetúa la baja productividad de esas unidades económicas.



