- La complicada correlación de fuerzas a la que se enfrentará Lula en su cuarto mandato muestra que las cosas no han vuelto ‘a su lugar’: el nuevo lugar es uno marcado por una derecha reaccionaria resistente, pero no invencible
Pablo Stefanoni - El País
Todas las campañas electorales tienen uno o varios momentos que las resumen, que captan la esencia de lo que está en juego en la contienda. En esta segunda vuelta en Brasil, ese momento se produjo durante unos escasos minutos del último debate presidencial. La discusión giraba, en principio, en torno a la tarifa cero en el transporte público los fines de semana, una propuesta pensada para que los trabajadores puedan aprovechar su tiempo de descanso, en línea con la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. Flávio Bolsonaro dijo estar a favor, pero acusó al Gobierno de erosionar el poder adquisitivo: de nada servía un salario mínimo más alto, sostuvo, si Lula “da con una mano y quita con los nueve dedos”. Una frase hiriente, utilizada por la derecha contra el mandatario, quien tiene un dedo menos, de la que pronto se arrepentiría.
El tema remitía a una cuestión de clase. Y Lula no dejaría pasar la oportunidad de construir una respuesta de clase. El presidente reivindicó que, si alguien conocía el mundo del trabajo, era él, que, según recordó, había perdido el dedo a los 17 años mientras trabajaba de noche en un turno que, por ser menor de edad, no le correspondía. Replicó que no iba a permitir que un “miliciano” —en alusión a los vínculos atribuidos a la familia Bolsonaro con grupos parapoliciales de Río de Janeiro— lo llamara así. Y acusó a su rival de no haber trabajado en su vida y de haber comenzado su carrera con un puesto fantasma en el despacho de su padre, cuando este era diputado federal. Lula transformó el agravio personal en un agravio social.





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