Raúl Trejo Delarbre - Revista Nexos
Se llama Pueblo, pero la sociedad y las luchas populares están ausentes, o aparecen relegadas, en el nuevo libro de Andrés Manuel López Obrador. Repleto de lugares comunes, se trata de un farragoso texto en donde se pretende reseñar dos siglos de historia mexicana para que, al lado de próceres como Morelos, Juárez y Madero, aparezca la figura, ya saben de quién. La pretensión de ese autor para mostrarse como encarnación del pueblo no es sorpresa. Sí lo es, porque en 740 páginas podía esperarse algo más, la simpleza del discurso y la pobreza de fuentes bibliográficas. Nadie esperaba que López Obrador se hubiera encerrado en bibliotecas especializadas para mostrarse como historiador. Pero en cada uno de los 37 capítulos de Pueblo acude a muy pocas y siempre elementales fuentes.
Revisé los capítulos dedicados al periodo 1952-1994. A López Obrador le inquietan las personalidades de sus antecesores, más que los yerros y logros de sus gobiernos. Tiene, por los personajes políticos, una fijación que desplaza a los actores sociales. Adolfo Ruiz Cortines, que gobernó de 1952 a 1958, le parece “el presidente más mañoso, divertido y simpático de la historia de México”. El gobierno de Adolfo López Mateos (1958-1964) “representó un avance en lo económico, en lo educativo, en la salud… un gobierno llamémosle progresista… (que) contrastó mucho con su política autoritaria”. Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) “carecía de voluntad política de cambio. Se había formado dentro de la ortodoxia… era un hombre inconmovible, seco, más que frío”. Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) tuvo “dos directrices: aplicar una política económica distinta al llamado desarrollo estabilizador y optar por el diálogo, por la apertura y no por el autoritarismo”. José López Portillo (1976-1982) “siempre he creído que era un hombre lleno de pasión y de buenos sentimientos, pero hablaba de corrido, improvisaba, era impetuoso, y a veces sorprendía por su falta de congruencia y honestidad”.
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