Soledad Gallego-Díaz / El País
Está claro que los sindicatos no son capaces de parar este país
mediante una huelga general, quizás porque los ciudadanos, en medio de una
crisis económica brutal, no la consideran el instrumento adecuado para
canalizar su enfado, quizás porque seis millones de parados inoculan un miedo
insuperable. También está claro que las manifestaciones se están convirtiendo
en la única vía real para que ese creciente malestar y ese desasosiego logren
expresarse. Manifestaciones surgidas frecuentemente de los movimientos sociales
o simplemente espontáneas, pero también convocadas por los sindicatos o los
partidos y cada vez más poderosas, como las que inundaron durante el 14-N las
calles de decenas de ciudades españolas.
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