José Rubistein - El Siglo de Torreón
La relación comercial de México y Canadá con Estados Unidos atraviesa una etapa en la que la incertidumbre se ha convertido en una constante. Donald Trump utiliza los aranceles como instrumento de presión y negociación, con amenazas que suben o bajan según sus intereses y el momento político. Para sus socios comerciales, el problema no es únicamente el costo de una tarifa, es la dificultad de construir una estrategia económica cuando las reglas pueden cambiar por decisión presidencial.
México y Canadá no son competidores distantes ni socios circunstanciales. Son vecinos, aliados económicos y miembros del T-MEC.
Sus cadenas productivas están profundamente entrelazadas, la industria automotriz, la manufactura, la agricultura y el comercio de energía dependen, en buena medida, de esa integración. Ponerla en riesgo afecta a los tres países. En este escenario, Marcelo Ebrard ha adoptado una postura pragmática, negociando, cediendo en lo posible y evitando una innecesaria escalada. La consigna de “cabeza fría y corazón caliente” expresa la necesidad de defender los intereses nacionales sin convertir cada diferencia en una confrontación. Sin embargo, la moderación mexicana no puede confundirse con una disposición limitada a aceptar presiones.
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