Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
Distraídos como estamos en designar a los candidatos, que no lo son según nos dicen los que los candidatean, hemos demostrado gran y envidiable capacidad de negación o invisibilización de lo que los antiguos llamaban los grandes problemas, nacionales o fundamentales, al gusto de una u otra lectura del pasado inmediato o del presente insolente. Y así transcurría la vida pública dentro de las esferas oficiales y desde fuera de ellas en una oposición poco precisa pero sí orgullosa de no comulgar con las varias ruedas de molino que ofrecía como placebos el oficialismo.
Luego del salto a la democracia, se ha impuesto una opacidad en la que se gestan casi a diario los peores vicios del deterioro político. Poco o nada importa para este pantano discursivo plantearnos como problema y amenaza el estado de la economía o del propio Estado, cuya reforma solíamos entender como una condición impostergable para el avance democrático a una democracia madura, como insistía en plantear Porfirio Muñoz Ledo, por ejemplo, qué podemos hacer para impulsar el cansino caminar de la economía, cómo aumentar el gasto público, qué sectores y regiones impulsar prioritariamente, qué proyectos, qué áreas…; en fin, poder configurar un proyecto de nación.

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