viernes, 25 de septiembre de 2026

Xi concede audiencia a Trump

  • La cumbre en Washington escenifica un vuelco en la relación de poder como consecuencia de errores propios de Estados Unidos

Trump y Xi, con sus respectivas esposas, Melania Trump y Peng Liyuan, este jueves en la Casa Blanca. Associate Press/ LaPresse Only Italy and Spain Associated Press/LaPresse (APN)

El País

Desde la escalerilla misma del avión, toda la puesta en escena de la visita de Estado de Xi Jinping a Estados Unidos se ha convertido en un reto semiótico global. Cada gesto y cada palabra del presidente chino y de su anfitrión, Donald Trump, son interpretados en términos de la relación de poder entre las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Las conclusiones no son buenas para Trump. El presidente estadounidense esperó a Xi el miércoles por la noche en la pista de aterrizaje de una base militar, en un gesto muy poco habitual de la diplomacia de Washington y que dejó claro desde el primer minuto que el líder chino no es un dirigente extranjero más, sino un actor cuyas decisiones pueden alterar la trayectoria de cualquier conflicto. Es la clase de recepción que Trump reservó también para Vladímir Putin en Alaska. EE UU tiene un presidente que profesa admiración a los hombres con poder absoluto. Resulta coherente con esa aspiración que durante la visita de Estado hubiera tres grandes medios de comunicación norteamericanos vetados en la Casa Blanca, por capricho de Trump.

En sus primeras horas en Washington, Xi dijo esperar una “cooperación sincera” entre los dos países y una competencia “sana”. Trump habló de “una relación comercial más equilibrada”. Este ha sido el principal foco de tensión entre los dos países desde que China plantó cara a los aranceles caprichosos de Trump y desnudó su debilidad. La escalada se resolvió con una tregua que caduca en noviembre. Se espera de la visita una extensión de ese respiro, que es bienvenido. El mundo no necesita otro shock económico más. La supervivencia política de Trump ahora mismo depende del precio de los carburantes, que dependen de la situación en Irán, que depende en buena parte de los movimientos de China. Esta debilidad es, además, autoinfligida.

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