Salvador García Soto - Serpientes y Escaleras
A la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, le pasó lo que a los exploradores que durante una expedición, sin darse cuenta, caen en las arenas movedizas de un pantano. Y es que la morenista entre más se mueve más se hunde y por más que trata de negar los vínculos que tuvo su gobierno con el narcotráfico y las investigaciones que eso le acarreó en Estados Unidos, las evidencias y los expedientes abiertos por el Departamento de Estado inculpan totalmente a la mandataria bajacaliforniana y a su círculo familiar más cercano.
Porque aunque hoy se jure divorciada de su esposo y niegue que la cancelación de su visa obedeciera a investigaciones estadounidenses, las acusaciones que ayer le formuló la OFAC del Departamento del Tesoro a Carlos Torres Torres no dejan ninguna duda sobre el papel que jugó el presunto exmarido durante los casi 5 años en los que operó en el estado. Con la total anuencia y confianza de la gobernadora, Torres se convirtió en un personaje todopoderoso que lo mismo gestionaba negocios y contratos del gobierno para sus amigos empresarios, que pactaba con los cárteles de la droga y actuaba investido de un poder que no tenía oficialmente.

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