- La clave está en la preparación y no solo en la reacción.
- La educación en riesgos debe comenzar en la escuela primaria y secundaria
- El fenómeno de El Niño vuelve con más fuerza que nunca
Joan Escuer - elEconomista.es
En un año 2026 que ya acumula una alarmante lista de fenómenos extremos, desde la devastadora corriente de derrubios en la frontera entre China y Nepal hasta las proyecciones de un intenso episodio de "El Niño", la pregunta que surge con urgencia es cómo debemos entender y gestionar estos riesgos. La respuesta, como en tantas disciplinas, comienza por definir correctamente los conceptos y asumir que la clave está en la preparación y no solo en la reacción.
Hablar de riesgos, especialmente los geológicos, exige un lenguaje preciso. El riesgo, en su definición técnica más aceptada, se concibe como el producto de la peligrosidad y la vulnerabilidad. A su vez, la vulnerabilidad integra el parámetro de la exposición, que se refiere a la presencia de personas, bienes o infraestructuras en un lugar donde el peligro puede manifestarse. Esta fórmula, que se ha ido desarrollando a lo largo de las últimas décadas en el seno de la comunidad científica y de organismos internacionales como la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de la ONU (UN-ISDR), es la base sobre la que se asienta la gestión moderna del riesgo; y nos permite entender que, al analizar un riesgo, no solo se mide la "magnitud" de un posible fenómeno natural, sino también la capacidad de la sociedad para soportarlo. Cuando el riesgo se materializa, hablamos de daño o de intensidad del daño ya sea en vidas humanas, económicas o ambientales.

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