Carlos Ramírez - El Independiente
Más allá de la coyuntura y de las circunstancias en los jaloneos hacia el interior de los diferentes grupos que configuran el bloque de la Cuarta Transformación (4T), el caso de Rubén Rocha Moya mostró en toda su crudeza de que en el 2000 y el 2018 no hubo una transición de sistema político y que las limitaciones económicas y sociales están acumulando las contradicciones propias del viejo régimen priista que se niega a transformarse.
Ahí se encuentra el problema de la República: en el 2000 no ocurrió una transición mexicana de un sistema político priista a la necesidad de un nuevo acuerdo institucional entre todas las fuerzas para construir nuevas reglas de definición de administración del poder político y para definir un nuevo modelo de desarrollo que rompiera el dique populista y neoliberal de tasas de crecimiento anuales menores a 2%.
A la presidenta Sheinbaum Pardo le están estallando en las manos las contradicciones de un modelo político sin consensos internos y con la búsqueda imposible de conciliación entre las tres corrientes ideológicas nacionales: el conservadurismo, el populismo y el neoliberalismo.

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