El silencio de Andrés Manuel López Obrador frente al escándalo de Rubén Rocha Moya es de complicidad y de culpabilidad. El autoproclamado “líder moral” de la 4T enmudeció frente al supuesto desplante autoritario de su amigo, el “narcopolítico” de Sinaloa
Por Ramón Alberto Garza - Código Magenta
El silencio de Andrés Manuel López Obrador frente al escándalo de Rubén Rocha Moya es de complicidad y de culpabilidad. El autoproclamado “líder moral” de la Cuarta Transformación enmudeció frente al supuesto desplante autoritario de su amigo, el “narcopolítico” de Sinaloa.
A diferencia de la presidenta Claudia Sheinbaum, de la secretaria de Gobernación, de los líderes legislativos e incluso de la presidenta de Morena, el Mesías de Palenque se guardó la condena al sorpresivo regreso de quien es acusado de narcopolítico por el gobierno norteamericano. Y eso va más allá de ser un simple silencio cómplice. Andrés Manuel López Obrador y Rubén Rocha Moya son la misma cosa. Una amalgama de los mismos pecados. Y fue el ex presidente quien le autorizó al controvertido político sinaloense el volver para ocupar su asiento como gobernador. Calculó mal que todo estaría bajo control. Fallaron.
La reacción desde Estados Unidos no se dejó esperar. El gobierno de la Cuarta Transformación ya estaba en falta porque la fecha límite para entregar a Rubén Rocha Moya venció desde el 29 de junio. Y, en consecuencia, ya se preparaba al comando norteamericano que -así como lo hicieron con el venezolano Nicolás Maduro- vendría por él. Y la estrategia conjunta -nada inteligente- de Andrés Manuel López Obrador y del mismo Rubén Rocha Moya fue que el gobernador con licencia volviera a ocupar la silla para recuperar su fuero que lo reactivaría como intocable. Soberbios y cínicos, los dos, se equivocaron.
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