Rogelio Mirazo Román - Entornopolitico.com
El pasado 12 de agosto fui invitado a participar como ponente en un Foro organizado por el Colegio de Economistas Metropolitanos de la Ciudad de México, cuyo Presidente es Joaquin López Martínez para comentar sobre la importancia del T-MEC e inicié mi participación señalando que México y Estados Unidos sostienen una relación que ninguno de los dos eligió libremente, sino que la geografía y tres décadas de integración productiva impusieron y en el que ambos cónyuges se quejan del otro todos los días, pero ninguno se atreve a pedir el divorcio porque saben, en el fondo, que sería catastrófico para los dos. Eso es, en esencia, el T-MEC: no un romance, sino un arreglo que conviene gestionar con cabeza fría, sin ingenuidad, pero también sin la tentación de tirarlo por la borda cada vez que hay una fricción.
Hoy circula un discurso, de un lado y del otro de la frontera, que minimiza la importancia de este tratado. Del lado estadounidense se dice que México “solo” exporta, que le quita empleos a Estados Unidos, que es un problema de seguridad más que un socio. Del lado mexicano, algunos sugieren que ya deberíamos “voltear a otro lado”, como si veinte años de integración productiva pudieran sustituirse en un par de sexenios. Ambas visiones son cómodas y ambas son falsas.

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