Jesús Silva Herzog Márquez - El Siglo de Torreón
El autoritarismo de ahora es muy distinto al de antes. El de hoy es un régimen que concentra todos los poderes sin generar un núcleo de disciplina. Arbitrario y desbocado, tiene un pleito dentro de sí mismo que no parece capaz de aplacar. Es la consecuencia de un autoritarismo de origen caudillista que no ha logrado asentarse en un acuerdo institucional. Mientras el caudillo encabezaba la oposición, durante el tiempo que ocupó la jefatura del Estado, todos los rayos de la rueda desembocaban en su centro. No había entonces ninguna duda sobre el camino a seguir. Una palabra, una insinuación, un gesto eran suficientes para que todas las piezas se orientaran en la dirección debida. El caudillo fue el único cemento de cohesión de ese proyecto que cambió todas las coordenadas de la política. Movimiento, partido, gobierno, Estado engarzados para hacer la voluntad de un hombre. Esa maquinaria entró en crisis cuando el fundador entregó la banda presidencial. Una estructura entrenada para actuar solamente cuando así lo ordenaba el caudillo empezó a moverse con autonomía y a desafiar a la heredera.
Los retos internos a la presidenta se escudan siempre en la relación con el fundador. Unos se ostentan como los seguidores más fieles de sus enseñanzas. Otros presumen tal cercanía con el visionario que se presentan como defensores del credo verdadero. El misterio que cultiva el fundador con su retiro alienta esa disputa por la voz auténtica del movimiento. La austeridad republicana que predicó el apóstol significa algo distinto a lo que dice ahora la presidenta. Soy el amigo más antiguo, fui el colaborador más fiel.
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