- Habría que preguntarnos si esta fascinación que recorre el mundo por figuras que hacen de su patanería, prepotencia y vulgaridad un argumento para ascender el poder llegó para quedarse
Jorge Zepeda Patterson - El País
Se dice que nadie se hace rico ofreciendo disculpas o pidiendo permiso; más bien lo contrario, la leyes del mercado suelen favorecer a quién se adelanta a los demás sin importar escrúpulos o decencia. Y no existe una mejor muestra de lo anterior que el valor de la fortuna de Elon Musk. No digo que el éxito patrimonial sea proporcional a la dosis de egoísmo o inmoralidad de un millonario, pero a juzgar por las listas de Forbes, es evidente que eso ayuda. Tampoco tendríamos que espantarnos, en el fondo está inscrito en la lógica del capitalismo.
La política tampoco es diferente. Pero al menos durante mucho tiempo pretendimos lo contrario. Se suponía que un político tenía que presumir su probidad, su disposición al sacrificio en aras de los otros, su obsesión por la búsqueda del bien común. Pero de un tiempo a acá eso quedó atrás. Los candidatos ya no tienen que pretender que son buenas personas, más bien lo contrario. Por desgracia el éxito en la vida pública hoy está asociado a otros valores: a la desmesura, a la capacidad de ofender o someter a otros, a la disposición de no detenerse incluso ante la ley o las normas vigentes. La victoria De la Espriella en Colombia confirma que los perfiles anteriormente impresentables se han convertido en la mejor apuesta para las urnas. Ni siquiera sus propios seguidores consideran a Donald Trump, a Netanyahu, a Milei o a Putin como buenas personas. Muchos creen, incluso, que justamente porque no son buenas personas son los líderes que su país necesita.
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