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Tras el inicio de las hostilidades entre EEUU, Irán e Israel el pasado 28 de febrero, la situación de seguridad global se vio seriamente comprometida debido no sólo a los combates en Ormuz, que han afectado a nivel energético a todo el mundo, sino también a nivel de ciberseguridad debido al riesgo creciente de ataques por parte de grupos de hackers en todo el mundo occidental.
A 2 de julio de 2026, y tras un alto el fuego condicional en abril, han persistido intercambios limitados de ataques (especialmente vinculados al frente de Líbano contra Hezbolá), mientras continúan negociaciones indirectas mediadas por Qatar y Pakistán que, por ahora, avanzan muy lentamente.
Desde la perspectiva de ciberseguridad, este conflicto tiene una fuerte dimensión híbrida y de alto riesgo cibernético. Irán cuenta con capacidades cibernéticas estatales maduras (grupos vinculados a la Guardia Revolucionaria) que históricamente han atacado infraestructuras críticas, cadenas de suministro y objetivos israelíes y estadounidenses. En el escenario actual de tregua inestable, existe un riesgo de operaciones cibernéticas de represalia, sabotaje a infraestructuras energéticas y portuarias, ataques a sistemas de control industrial relacionados con el programa nuclear o el transporte marítimo, y campañas de desinformación o pre-posicionamiento de malware.

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