Enrique Campos Suárez - El Economista
Al final, si el balón rueda en un evento del calibre del torneo actual, es porque detrás hay un beneficio económico. Los organizadores se llevan la mayor tajada de una ola mundial de millones de consumidores que encuentran una escapatoria temporal a sus problemas habituales.
En la economía mexicana, podemos llevarlo hasta niveles microeconómicos para medir el impacto que tuvo en el ticket de venta el retraso de una hora, por la tormenta eléctrica, en el juego del martes pasado. Una hora adicional para consumir bebidas o alimentos en el marco emocional de ver jugar a la Selección Nacional puede subir el costo del consumo entre 15 y 20%, en el estadio, el restaurante o la calle.
Ayer mismo, un día después del juego, en la tienda oficial de las playeras de la selección había una fila larga de personas esperando una hora antes de la apertura del negocio. Las reservaciones en restaurantes para la tarde del próximo domingo se agotan, y seguro que la previsión de los que compran antes de la ley seca del fin de semana habrá de aumentar la facturación de las bebidas alcohólicas.
Un estudio del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana estima una derrama total para todo el evento de apenas 0.14% del Producto Interno Bruto (PIB).
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