Hace unas semanas conté en este espacio una escena que parecía salida de una novela política. El entonces gobernador en funciones de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, compartía una comida con algunos de sus colaboradores más cercanos y sus cuatro hijos. Entre mariscos frescos y callo de hacha —su platillo favorito— soltó una frase que uno de los presentes conserva intacta en la memoria. “A mí si no me matan los Chapitos o el Mayo, voy a acabar como El Chapo, en una cárcel de Estados Unidos”.
La frase era una confesión o una cuenta regresiva. El expediente abierto por el Departamento de Justicia estadounidense no se ha detenido. Al contrario: mientras en México la discusión gira alrededor de la soberanía nacional por la captura de Ismael El Mayo Zambada, en Estados Unidos la investigación contra Rocha y otros exfuncionarios sinaloenses y un senador sigue avanzando. La acusación se basa en una presunta colusión entre autoridades estatales y la facción de Los Chapitos para facilitar operaciones, brindar protección institucional y recibir beneficios políticos y económicos.

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