Por: Jorge Alberto Hidalgo Toledo - El Economista
Hubo un momento, no tan lejano, en el que la inteligencia artificial parecía destinada, casi exclusivamente, a hacer más rápido lo que ya hacíamos: producir contenido, automatizar tareas, optimizar procesos, incrementar la eficiencia del trabajo cognitivo. El ciclo de innovación que marcó 2025 estuvo dominado por esta lógica: la IA como acelerador de la productividad, como copiloto creativo, como asistente omnipresente capaz de escribir, resumir, programar, diseñar y responder con una solvencia técnica inédita. La promesa era clara: más velocidad, menos fricción, mayor rendimiento.
Pero incluso ese “momento productivista” (aparentemente banal, cotidiano, casi doméstico) tuvo desde el inicio un espesor económico y antropológico difícil de ignorar. En noviembre de 2025, Anthropic publicó el estudio, Estimating AI productivity gains from Claude conversations, sobre conversaciones reales en Claude donde estimó que la IA podía reducir tiempos de tareas en torno a 80% (en la mediana) y, extrapolando, incrementar el crecimiento anual de productividad laboral de Estados Unidos hasta 1.8% durante una década, aproximadamente el doble del ritmo reciente. Esta cifra, en el lenguaje del capitalismo tardío, no es un dato: es un reordenamiento de expectativas. Es el tipo de número que se transforma, casi sin mediaciones, en presión organizacional; en mandato empresarial; en “norma” para el desempeño humano.
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