- El presidente de Estados Unidos manda señales contradictorias sobre su disposición a rebajar la presión en Minnesota, una brutal campaña que ya le ha pasado factura en las encuestas
Iker Seisdedos - Minneapolis - El País
En el mundo en el que vivimos −que es el mundo de Donald Trump− una semana puede ser una eternidad y un miércoles cualquiera, contener más giros en su trama que la película de un guionista tramposo. Pocas cosas sobreviven al parpadeo nervioso del ciclo incesante de noticias, y a veces cuesta recordar lo que pasó hace apenas 10 días. Como cuando, en lo que parece otra vida, Europa vivía en vilo por los planes del presidente de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia. De ahí que la obstinación en los titulares de Minneapolis como símbolo de la resistencia a la brutal política migratoria de la Casa Blanca y a su agenda autoritaria haya hecho perder los nervios a Trump, tan acostumbrado a controlar el relato.
No es arriesgado definirla como la peor crisis interna de su segunda presidencia, alimentada además por las mentiras de su Administración. No ha parado de agravarse en estas semanas, en las que los estadounidenses que no se cuentan entre sus fieles despejaron un par de dudas. Ya está claro que la cruzada contra la inmigración de Trump va mucho más allá de la persecución de lo que él suele llamar “lo peor de lo peor”. También, que el republicano iba en serio cuando prometió en campaña que pondría toda la fuerza federal a disposición de una cruzada personal contra sus enemigos. Es una lista que no solo incluye a los indocumentados, o a aquellos que simplemente lo parecen, sino también a los activistas de izquierda que se han movilizado en Minneapolis y a los políticos demócratas de Estados como Minnesota.
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