Carlos Ramírez - Indicador Político
El pecado original del Instituto Nacional Electoral se ha convertido ya en un lastre a la funcionalidad y profesionalización de las actividades del organismo encargado de realizar las elecciones y contar los votos: el funcionamiento a través de un Consejo de notables que se convierten en una aduana para los partidos a partir de una definición del concepto de la democracia neoliberal.
La presencia del Gobierno en turno en las oficinas electorales ha sido uno de los pasivos que ningún presidente de la República se ha atrevido a modificar: la reforma política de 1946 del presidente Ávila Camacho creó el instituto verificador de elecciones en la Secretaría de Gobernación, el cual se transformó en Comisión Federal Electoral en 1951 y terminó en Consejo General del IFE/INE.
El genio político del presidente Salinas de Gortari decidió hacer cambios para que nada cambiara: la CFE se transformó en IFE y lo dejó bajo la presidencia del secretario de Gobernación, cuyo titular habría participado casi siempre como precandidato presidencial; en 1996, Salinas inventó la ciudadanización del Consejo Electoral y Zedillo desapareció al titular de Gobernación, pero la configuración selectiva de los consejeros por la mano dominante del presidente de la República, del PRI como partido hegemónico y el origen académico-intelectual sistémico de los consejeros permitió la continuación de la mano del Gobierno para seguir controlando al instituto.
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