Jesús Silva Hérzog - Pulso de San Luis
Detrás de la retórica que pone al Pueblo en el centro de la política pública, los dos gobiernos de Morena han promovido una lógica individualista. Esa ha sido una constante: desmantelar los servicios públicos para ofrecer, como compensación, “apoyos” directos. El argumento ha sido claramente thatcheriano: en lugar de invertir para formar burocracias competentes; en lugar de apostar por instituciones que presten servicios de calidad, entregar dinero en efectivo. Transferir lo que se invertía en servicios públicos al bolsillo de los beneficiarios. El cálculo es evidente y, hasta el momento, exitoso: los beneficiarios aprecian y agradecen la transferencia y no echarán de menos el servicio que pierden. Nada de pueblo hay en esa estrategia: una explotación directa del individualismo que la retórica oficial rechaza. El beneficio inmediato y visible por encima de la previsión ante los riesgos futuros.
El número más reciente de Nexos dedica varios artículos al desmantelamiento del Estado bajo los gobiernos de Morena. En efecto, como dicen Guillermo Cejudo y Johabed Olvera, el Estado ha dado un paso atrás. Se han multiplicado los beneficiarios de las transferencias gubernamentales al tiempo que se ha reducido la capacidad del Estado para cuidar, para curar, para educar. No se buscan ahorros sino redefinir la relación del gobierno con los ciudadanos. Eliminar las mediaciones para conectar a cada beneficiario con el gran benefactor. Hacer visible al Estado como un depositante puntual y debilitarlo como prestador de servicios confiables.
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