Carlos Ramírez - El Independiente
Una cosa es que la presidenta represente la continuidad transexenal del proyecto de Andrés Manuel López Obrador para mínimo tres sexenios y otra cosa es que la carga de todos los pasivos heredados le impida al Gobierno actual definir y operar con precisión su propio proyecto y aún sin salirse de los acotamientos de la herencia recibida.
La presidenta Sheinbaum ha tenido que administrar sin margen de maniobra los cuatro principales ejes del proyecto lopezobradorista: sistema político ajustado a la nueva mayoría, seguridad determinada por tratar de mantener el modelo de “abrazos, no balazos”, geopolítica centrada en el acoso del presidente Trump y su modelo de regreso a la reconstrucción del bloque estadounidense y escasísimos márgenes de maniobra en materia de desarrollo por la política económica neoliberal-asistencialista y el manejo de un presupuesto que no genera recursos para planes propios.
A diferencia de López Obrador, la presidenta Sheinbaum sí se decidió por la propuesta de un modelo de desarrollo integral: el Plan México, pero las herencias lopezobradoristas, la carga dominante de enfoques populistas, la negación gubernamental a pactar un acuerdo productivo con el empresariado privado a condición de otorgarle autonomía política y de clase, la falta de un equipo económico con capacidad para desarrollar las potencialidades del nuevo Plan y el vicio del centralismo absoluto en las voluntades y decisiones del poder Ejecutivo federal han limitado las posibilidades de marcar con claridad los márgenes de maniobra del Gobierno actual con respecto al gobierno anterior.

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