- La tecnología es una herramienta que facilita la labor de cooperación empresarial
- Prioriza la cohesión y el largo plazo frente al beneficio inmediato con resultados medibles
- El cooperativismo demuestra que la competitividad y el compromiso social no son incompatibles
Íñigo Albizuri - elEconomista.es
Durante mucho tiempo hemos hablado de la economía social como si fuera una alternativa. Un modelo diferente, incluso deseable, pero situado en un plano paralelo al de la economía convencional. Sin embargo, la realidad que vivimos obliga a cambiar esa perspectiva. En un momento en el que el acceso a la vivienda se convierte en un desafío para millones de personas, la desigualdad continúa creciendo, el futuro del trabajo genera incertidumbre y la inteligencia artificial acelera transformaciones que apenas empezamos a comprender, quizá la pregunta ya no sea si la economía social tiene espacio en nuestro sistema económico, sino si podemos permitirnos prescindir de ella.
Hace apenas unas semanas tuve la oportunidad de participar en una misión institucional de ASETT en Estados Unidos junto a representantes del ámbito académico, empresarial y cooperativo. Antes de viajar pensábamos que gran parte de las conversaciones girarían en torno a explicar qué es la economía social o cómo funciona el modelo cooperativo. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Lo que encontramos fue un enorme interés por conocer experiencias capaces de responder a problemas que hoy preocupan por igual a ambos lados del Atlántico.

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