Lily Lynch - Diario de Chiapas
La OTAN 2.0 abarcó un período que podríamos describir como los «largos años 90» y se caracterizó por la arrogancia y los excesos propios del «fin de la historia»: una expansión voraz hacia el Este, una retórica grandilocuente sobre los valores liberales y operaciones fuera de su zona de responsabilidad llevadas a cabo con fervor. Las acciones «fuera de su zona de responsabilidad» de la OTAN —operaciones llevadas a cabo más allá de los límites territoriales de los Estados miembros— socavaron su pretensión de ser una «alianza puramente defensiva». Como operaciones «humanitarias», sus resultados oscilaron entre desiguales y desastrosos. Si bien el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia en 1999 obligó a las fuerzas de seguridad serbias a retirarse de Kosovo, no derrocó al presidente Slobodan Milošević; este no caería hasta unas elecciones controvertidas celebradas varios meses después. De hecho, el propio ministro de Información de Milošević durante los bombardeos, Aleksandar Vučić, lleva catorce años al frente de Serbia de una forma u otra, y su régimen emplea una retórica nacionalista serbia apenas distinguible de la de su antiguo jefe.
En 2011, la OTAN intervino en Libia con resultados aún más catastróficos: aunque se vendió a la opinión pública como una «intervención humanitaria» para proteger a la población civil, el verdadero objetivo era un cambio de régimen, y la destitución del líder Muamar el Gadafi se consideró un imperativo estratégico que merecía el sacrificio de muchas vidas libias. Al final, un informe del Centro Belfer de Harvard determinó que «la intervención de la OTAN multiplicó por seis aproximadamente la duración del conflicto y por siete, como mínimo, el número de víctimas mortales».

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