lunes, 13 de julio de 2026

El pudor de Mussolini

Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis

La historia del deporte es también una historia de sus trampas. Muchos habrán contado la creatividad de sus estafas. Intoxicar al rival, usar sustancias para aumentar la resistencia física, sobornar al equipo contrario para dejarse ganar, alterar el equipo deportivo para hacerlo más veloz, comprar árbitros. Suele recordarse el Mundial de Italia en 1934 como el ejemplo más claro de la intervención ilegal del aparato del estado para promover el resultado querido por el régimen fascista.  

La sede del mundial fue producto de un soborno a la FIFA que ya, desde entonces, era una multinacional de la corrupción. Muchos cronistas coinciden en ello. No había que escatimar ningún recurso para demostrarle al mundo el nacimiento de la nueva raza italiana. Para reforzar el equipo, el gobierno italiano nacionalizó velozmente a los mejores futbolistas sudamericanos rompiendo todas las reglas de la época. El fascismo daba vida a un hombre más sano, más fuerte, más valiente y el futbol sería el espacio ideal para mostrarlo. El resultado de los partidos no podía dejarse a las veleidades de los árbitros. Se cuenta que antes de los últimos partidos del torneo, Mussolini cenó con el árbitro para que el silbato reconociera la superioridad física de los italianos. Los goles de los adversarios eran anulados, mientras se validaban las anotaciones italianas. La violencia de los locales en la cancha no era castigada. Los jugadores de Checoslovaquia enfrentaron una presión psicológica brutal antes del partido de la final. Su vestuario estaba rodeado por miembros de las camisas negras. Mussolini no solamente amenazó al adversario. También intimidó a los suyos para decirles que del partido dependía su vida misma. Se cuenta que al técnico le dijo "Que Dios lo ayude si llega a fracasar hoy".

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