domingo, 10 de mayo de 2026

El dólar no obedece a Donald Trump

  • El dólar pierde valor, pero no uso. Y en momentos de tensión, incluso tiende a reforzarlo
  • La 'pirámide' del sistema monetario no se derrumba, pero muestra signos de achatamiento
  • La UE se bloquea en la aprobación del acuerdo comercial con EEUU tras la última amenaza arancelaria de Trump



Manfred Nolte - elEconomista.es

Más allá del estruendo bélico de la hora presente en Irán y su entorno, que arrincona cualquier otro debate, el sistema económico internacional sigue discurriendo por cauces profundos, menos visibles y, en buena medida, resistentes a la coyuntura. Por ellos circula, sin alardes, un elemento central: el dólar como eje del orden monetario global. Su comportamiento no responde a la voluntad de los gobiernos ni a los titulares del momento, sino a una arquitectura compleja, construida durante décadas, que combina inercias, intereses y límites. Comprender qué sostiene al dólar permite interpretar una parte sustancial de las tensiones americanas bajo el mandato de Donald Trump y, por extensión, del escenario global.

Si uno se aleja del ruido inmediato y observa su trayectoria con perspectiva, el dólar no aparece como una moneda en declive, sino como una divisa que oscila dentro de ciclos reconocibles. Desde el gran dólar de comienzos de los años ochenta, impulsado por la política de Volcker, hasta su debilitamiento en la primera década de este siglo, y desde ahí al nuevo ciclo de fortalecimiento posterior a la crisis financiera y a la pandemia, el patrón es claro: fases de apreciación y corrección que terminan regresando a una zona media. El nivel actual no refleja una ruptura histórica, sino una normalización tras un episodio de fortaleza excepcional. El dólar puede retroceder, pero no se desploma.

En ese contexto, Donald Trump ha convertido en objetivo político lo que es, en realidad, una manifestación sistémica: la depreciación del dólar. Su lógica es conocida y no carece de atractivo superficial. Un dólar más débil abarata las exportaciones, favorece la industria nacional y podría contribuir a reducir el déficit comercial. Pero esa visión tropieza con una limitación evidente: el comercio internacional no es un juego unilateral. Levantar barreras o forzar ajustes equivale, en la práctica, a invitar a otros países a responder de la misma manera. La historia económica muestra que los desequilibrios externos no se corrigen mediante imposiciones, sino a través de procesos más complejos y, con frecuencia, costosos.

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