Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis
Ante la política gangsteril de Donald Trump, nada debilita tanto a México como la asociación criminal del grupo gobernante. La única manera de proteger el interés nacional es emprender, de inmediato, una tala radical. La bandera que se agita con el discurso soberanista debería mover a la acción interna para recuperar de los criminales el espacio que se les ha cedido. Si ha habido en la historia reciente de México un momento de verdadera urgencia, un tiempo que exige la actuación resuelta y firme del poder para desprenderse de cargas insostenibles, es ahora. La crisis que ha estallado no está encapsulada en la estructura política del estado de Sinaloa. Se expande en buena parte del país donde Morena ha hecho pacto con los violentos. Aquellos abrazos del lema presidencial fueron también el sello de una estrategia electoral replicada plaza tras plaza.
Las solemnidades del soberanismo no se escucharon en los últimos años hacia adentro como se proclaman ahora hacia afuera, como discurso de dignidad. El país fue perdiendo el control territorial bajo el mando de Morena sin que nadie entonara el himno de la unidad nacional. Los gobiernos morenistas fueron adjudicando territorios a los conglomerados criminales, hicieron pactos electorales con los cárteles, entregaron candidaturas a delegados del crimen, cerraron los ojos ante la barbarie para consagrar el imperio delincuencial que ha ensangrentado al país y que ahora lo tiene frente a la más grave amenaza exterior que México ha enfrentado en décadas. Por supuesto que el nuevo partido hegemónico no ha sido el único partido que ha entrado en complicidades con el crimen. Todos los partidos llevan esa mancha. Pero el monopolio de los últimos años, el control casi absoluto que tiene de los espacios de gobierno coloca en la cancha de Morena una responsabilidad única. El problema que Morena heredó lo ha agravado con creces en estos años.
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