El Alto, la población del altiplano vecina a La Paz, empieza a dejar
atrás su aislamiento con un enorme teleférico y progresa al calor de la
bonanza económica
Javier Lafuente /
La Paz / El País
A duras penas, con pasitos cortos y la ayuda de su nieta, Doris consigue
subirse a una de las cabinas del teleférico en la estación de Ajayuni.
Se acomoda en un lateral y coloca las manos sobre su falda negra. Ladea
la cabeza y observa durante varios minutos cómo va dejando abajo la
inmensidad de la ciudad de La Paz, laderas repletas de pequeñas casas
que son absorbidas mientras asciende a El Alto, donde vive. En un
momento, gira la cabeza, mira a su nieta y lanza una mueca semejante a
una sonrisa. Habla a través del brillo de sus ojos. Su nieta confirma la
apariencia: "Cada vez que montamos, se queda perpleja".
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