- La carrera política del mandatario de Guerrero retrata la naturaleza camaleónica de los líderes regionales mexicanos
Antes que político, Ángel Aguirre Rivero (Ometepec, 1956), se define
como un cacique. Al gobernador de Guerrero, uno de los estados más
pobres de México, al sureste del país, le enorgullece el calificativo.
Sus más cercanos cuentan que los pobladores de su estado, uno de los más
pobres del país, lo ven como un tata: un mote cariñoso indígena para un padre o un abuelo. Un protector. Pero la desaparición de 43 estudiantes de magisterio en Iguala (a 200 kilómetros al sur de la Ciudad de México)
y el hallazgo de seis fosas con al menos 17 cuerpos han puesto en
entredicho la carrera de un líder regional con una trayectoria política
dividida entre dos partidos: más de 30 años en el Partido Revolucionario
Institucional (el oficialista PRI) y apenas cuatro en el PRD, que se
define como izquierdista. Todos los cargos públicos que ha ocupado (fue
incluso gobernador interino entre 1996 y 1999) han sido por el PRI.
Excepto el actual. El drástico cambio de tendencia política respondió a
su deseo de ocupar, a través de las urnas, la máxima autoridad de su
Estado. El PRI designó a otro, a la postre su primo, y Aguirre renunció a
su militancia, a su escaño como senador por el PRI y cambió de filas
sin chistar en 2010. "Mi candidatura va más allá de los partidos", dijo
entonces en un mitin. Ganó en enero de 2011. Su historia es un retrato
de la naturaleza camaleónica de muchos líderes regionales mexicanos.
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